Una verdadera crónica de la ciudad debe integrar en su relato los elementos que la explican: su relación con los ciudadanos, su dimensión política como generadora de relaciones y su valor simbólico como producto cultural y, en consecuencia, espiritual, entre otros muchos otros. En esta perspectiva, los mensajes, y de manera especial los letreros y dibujos populares, tienen una gran importancia. Ya sea por su contenido o por su elaboración, estas creaciones expresan de manera sintética y creativa las diferentes dimensiones de la ciudad, la cual se oculta en la fragmentación de sus múltiples espacios y en la obviedad casi obsena de la sociedad.
Un análisis superficial de los letreros y dibujos populares y conste que este no es un estudio riguroso, al menos no en el sentido de la investigación tradicional ¡gracias a Dios! podría considerarlos solo como una nota humorística en la ciudad. Pero no es así. Los letreros son más que una anécdota urbana; y a pesar de la presencia casi ubicua de los medios de comunicación y los productos massmediáticos; y de la indiscutible autoridad de ciencias sociales como la filosofía, la sociología y la semiología, sus autores, son, si bien no los principales intérpretes de la ciudad, sus más genuinos narradores.
Por eso, al hablar de letreros y dibujos populares nos referimos tambien a: redes alternativas de comunicaión popular; a mifestaciones de la antropología verbal, y a mensajes efímeros en la ciudad pero más que nada, a un inventario de la catarsis urbana, que estudiado de manera rigurosa bien nos puede conducir a la decodificación del lenguaje simbólico, búsqueda de otras realidades posibles, en medio de una ciudad que no solo es un punto de encuentro en el que convergen diferentes fuerzas y a la fuerza, y que de manera incesante sus habitantes intentan penetrar, sino también la búsqueda permanente de espacios de participación en un ambiente gestado en la espontaneidad, el desarraigo y la falta de planificiación.
Los letreros son la expresión de la vida y la tragedia cotidianas, plasmadas en frases escritas en los más variados tonos, de todas las formas posibles, con las más diversas intenciones y acerca de infinidad de cuestiones: Infidencias («Anllelo se mea en la cama. Att: El grupo»); Advertencias («Aquí cero propaganda política»); Llamado («¡No al golpe! FR. Apoyamos a Chavez»), Quejas («Ete trabajo no silbe son incapacitado»), Filosofía («¿Por qué?»), Leyes («Prohivido tirar basura coño»), Autógrafos («Deisiy la loca»), Demandas («No al atraso, resuelban coño»), Sanitarias («No tire aki vasura»), Urbanidad («No malas palabras okey. Atte. La Dirección»), Oficios («Matar es mi trabajo»)
Sus remitentes son jóvenes perdidos, marcados por una sociedad indiferente, que les empuja a la decepción el vicio posmoderno. O, por qué no, hedonistas incorregibles y lacónicos, que encuentran la paz en el exhibicionismo. Pero a quién le importa quiénes son, y si en cada mensaje encuentran la reinvindicación, la redención, o simplemente el amor al que aspiran. A quién le importa su eterna búsqueda, y si ésta llegará algún día a término. No es posible saberlo con exactitud, pero, por si acaso, y como legado a los cronistas, y a uno que otro curioso fortuito, queda el testimonio en los muros, desde los más visibles, expuestos al discernimiento de todos, hasta las más discretas paredes de los baños, epítome de la intimidad a las cuales solo podemos acceder urgidos por la necesidad o seducidos por la curiosidad y la obsenidad.
Sus destinatarios son muchos: inquisidores de nuevo cuño que ocultan su fanatismo tras un paternalismo religioso que no trasciende ni lo pretende lo verbal; amantes clandestinos que precisan la complicidad de otros amores «escondidos»; gobernantes que ocultan en cada trámite la angustia e intentos por sobrevivir de los más empobrecidos; ciudadanos y ciudadanas hábidos de esperanzas e insurrecciones, sonámbulos que van y vienen, sobreponíendose por el trance ¡quién lo creería¡ a su vida de azar y azarosa; militantes intransigentes que entre los arriba y los abajo e instalados muchas veces; casi siempre en el pasado, gestionan desde la nostalgia el futuro o, para ser más precisos, una reedición del pasado, en cuyos linderos las certezas fueron siempre sobranceras, a veces y paradójicamente por el delirio y el pesimismo, al cual todos, como rito de iniciación, juraron una vez abdicar, pero que, conforme pasó el tiempo y la ideas se vieron precisados a abra zar.
Todo esto para decir que, sin importar que la «vida útil» de un letrero ni de la intolerancia o el rubor de sus destinatarios, camuflada por la necesidad del embellecimiento urbano, la moral pública, o el respeto no al «derecho ajeno», de ninguna manera, ¡válgame Dios, qué ocurrencia la suya, cómo se le ocurre! a la propiedad privada, podemos acceder a otros elementos de análisis del comportamiento de los ciudadanos y ciudadanas del sector urbano a partir de un elemento común en todos ellos: la decepción.
