Editorial

¿Ley del Talión?

¿Ley del Talión?

El caso del haitiano llevado por vecinos del barrio Buenos Aires, de Herrera, ante el féretro de un comerciante al que habría asesinado horas antes, golpeado y decapitado en medio del velorio, refleja el nivel de violencia e incivilidad que afecta a amplios núcleos de la población, donde con frecuencia se aplica la Ley del Talión.

Vecinos de esa barriada ubicaron y apresaron al supuesto matador del comerciante Pascual León Lara, a quien condujeron hasta el lugar del velatorio y, en medio de la algarabía de la concurrencia le propinaron una golpiza y luego procedieron a decapitarlo con un hacha.

Es ese un acto de barbarie, incompatible con la conducta humana y el ideal de justicia, por lo que los victimarios y sus cómplices han de ser apresados y sometidos a los tribunales para que cumplan condena por tan execrable hecho.

Se entiende que las comunidades se embarguen de indignación ante el auge de la criminalidad y porque no pocas veces los delincuentes duran menos en prisión que cucaracha en gallinero, pero eso no constituye aval para que se erijan tribunales sumarios o para que cada quien aplique justicia por propias manos.

Con esa acción de salvajismo, de conducir a un presunto victimario hasta el cadáver de su víctima y decapitarlo, tras propinarle una golpiza en pleno velorio y ante la complacencia de los  asistentes, constituye una señal ominosa que las más altas instancias del Ministerio Público y la justicia deben asumir con legítima preocupación.

El auge de la delincuencia se pretende combatir  en barrios y municipios con brebaje del mismo terror y criminalidad que imponen quienes perpetran asesinatos, robos, atracos, violaciones y otras acciones vandálicas, acciones que las autoridades deben perseguir y castigar, con el mismo abordaje que se debe dispensar a todos los crímenes y delitos.

La tétrica historia del decapitado en medio de un velorio puede tener una lectura aún más preocupante, la de que el vacío, que en términos de persecución y castigo del crimen, suelen dejar fiscales y jueces, lo ocupa ahora un tipo de primitivismo social que pretende aplicar la máxima aquella de “ojo por ojo, diente por diente”.

La sociedad en su conjunto está compelida a desalentar, rechazar y condenar acciones tan crueles y vandálicas como la decapitación con el beneplácito de vecinos de un presunto homicida. Ninguna comunidad tiene derecho ni autoridad para ejercer justicia por propias manos ni mucho menos pretender aplicar la Ley del Talión.

El Nacional

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