Opinión

Lorca y San Cristóbal

Lorca y San Cristóbal

Hoy comencé a escribir sobre el maravilloso espectáculo de Ernesto López, sobre Federico García Lorca.
Nada nos había preparado para descubrir en un barco, colocado como único elemento escenográfico sobre una mesa, el mundo infantil de Lorca, en su búsqueda del duende de la poesía. De momento, el barco se horizontaliza y Ernesto, con su vasta experiencia, como el mayor de los titiriteros del país, comienza a abrir sus páginas y de ahí surge un niño Federico y el espíritu de un duende, el de la poesía que flota en el aire y orienta sus búsquedas.

Y, hoy quería contarles como ese libro va desempolvando pueblecitos del sur de España, procesiones, flamenco, mientras en la Sala Ravelo solo se escuchaban las asombradas exclamaciones de la infancia.

Hoy, quería compartir con ustedes ese encanto, pero Fidelio ha llegado con la camisa salpicada de sangre, después de una marcha, aprobada por Interior y Policía, de varios miles de artesanos y vendedores de San Cristóbal, opuestos a que se entregue el mercado, donde cientos de campesinos de la zona comercializan sus productos, (y ellos se ganan el sustento diario), a cualquiera de las grandes cadenas alimentarias para convertirlo en un supermercado.

Bajo el grito de “el mercado se queda”, siete mil personas ejercieron su derecho a la protesta, con tambores, cornetas, música autóctona, pero un sindico (que hace apenas unos días convocó a una “marcha multitudinaria de apoyo a sus planes” donde asistieron cincuenta personas), no vaciló en violar el permiso de Interior y Policía y lanzar contra siete mil manifestantes a la policía, que a tiros y bombazos impidió la marcha, como en los peores tiempos del Balaguerismo.

En la estampida tumbaron a Fidelio, a cuyo lado cayó una regidora que se hirió toda la pierna salpicándolo con su sangre. A varios se les rompieron las piernas y el tobillo, y muchos recibieron contusiones de todo tipo. El joven que protegía a Fidelio recibió una bomba en el cuello y está hoy hospitalizado.

Esto en medio de los esfuerzos de un gobierno que se presenta como paladín de los pobres, y merecedor de un nuevo periodo de gobierno, pero que no es respetado ni por los síndicos, si es que ese sindico no contaba con la anuencia del gobierno, lo hay que aclarar.

Este árbol quiere paz, pero el viento no lo deja, y arrinconar las legítimas expresiones de disidencia popular con el terror policial, solo conducirá a que muchos abandonemos las trincheras de la escritura, o del arte, para sumarnos a lo que haya que sumarse.

No podemos permitir el terror policial, ya hemos vivido los tiempos de la dictadura y ya basta.

El Nacional

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