Opinión

Los lectores opinan

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El ideario en el PRD
Señor director:
Recientemente recogimos de la prensa nacional las opiniones de dos respetables damas perredeístas: doña Ivelisse Prats y la doctora Ortiz Bosch, planteándose la necesidad de que su partido retome el sendero doctrinal.

Sin embargo, en esta ocasión las competentes dirigentes no han encontrado un punto de apoyo ni siquiera de la mano del sector más ideologizado de la organización.

Lo cierto es que el perredeísmo incurre en una falacia ideológica en la medida en que pretende influir en su militancia y sus colegas extranjeros ?!ay, del presidente Lagos, tan digno, tan sobrado de facultades y tan ignorante de lo que pasa en el PRD, donde sus “líderes” dicen que no leen!? sobre cuáles han de ser sus sentimientos en materia en la que, con frecuencia, hacen públicos alardes de su adscripción a la socialdemocracia. Tiran de ese recurso teórico cuando les conviene aparentar lo que rotundamente no son: gente de ideas.

La reacción de las “Doctoras del PRD” pone de manifiesto otra de las consecuencias indeseables del rompecabezas partidario creado por la desafortunada arrabalización de las ideas que ya ni se contraponen entre sí, porque han terminado en los entornos de viejas y desacreditadas figuras autónomas, por un lado, y por el otro, en políticos sin sentido común ni de la Historia.

La actividad política debe ser vocacional, no es oportunismo ni ocurrencia porque esto es más frívolo y peligroso en política ya que es lo contrario de tener ideas. Este ha sido el discurrir en el PRD, donde, según sus “pensadores” ha sido víctima de lo “diverso que al mismo tiempo ha generado lo disperso”, es decir, de esa extraña pluralidad de situaciones que le han colocado en posición difícil para garantizar un ambiente partidario común para todos. Que hubiera sido quizás un instrumento eficaz si su líder máximo, el doctor Peña Gómez no hubiera tolerado esa especie de “dispersión territorial” en que se convertirían las todavía faccionarias “tendencias”, que el único punto homogéneo que ha dejado esa diversidad es su transformación en selectas reservas de medianías conformistas. El “pepehachismo” y el “varguismo” son los ejemplos más incontestables de esta mutación.

El saldo de esta política de improvisación es: tres gobiernos superados por la situación nacional; todos salidos en estado de acusación total, que ha contribuido a la reducción del respaldo electoral, y peor aún, el alejamiento de un sector de la comunicación que siempre le fue fiel, que le ha impedido recuperar el protagonismo perdido como resultado de todo un proceso entre incapacidad y acoso a la riqueza nacional; repartición de escaños y municipalidades entre los más fieles y simultáneo de política y negocios. Todo esto ha sido una fuente constante de discordias y enfrentamientos que resultan tan frustrantes y frustrados como sus balances de gobierno. La promoción de estos comportamientos tardíamente han calado en el ánimo de las reputadas damas ?que no lucen hartas ni engañadas? que ejercen la actividad política con mucho nivel, con finura argumental. Legítimamente han optado por hacer sus planteamientos a “intelectuales” y políticos que, como ellas, tienen acreditada una militancia mucho más coherente y solvente que la de aquellos que, cómodamente instalados en su mediocridad pasada y presente, tienen el control del “buey que más jala”. Por tanto, los que se atengan a no secundar la política sin principios ?que son visiblemente los menos? podrán contar en el futuro con una organización que responda a sus exigencias ideológicas si ese partido político, como dice Jordi Barbeta refiriéndose a un partido político español, llega a “comprender que le quedan dos opciones que, de hecho, son la misma: autodestruirse o refundarse”.

Lo triste, lo desolador, para las históricas y bien intencionadas mujeres, que han aportado lo mejor de su vida al ejercicio político es, que sus ideas han empezado a construirse cuando todo ha acabado.

Atentamente,
Manuel A. Fermín

El Nacional

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