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El padre Lugo,  resultado de su historia
Señor director:

El presidente de Paraguay Fernando Lugo es el resultado de un duro proceso histórico que vivió su país hace casi 140 años. «Yo, persona humana imperfecta, fruto de procesos históricos, perfil de mi cultura, asumiré con todas las responsabilidades presentes y futuras aquellas situaciones […]».  Nada justifica la prolija y licenciosa vida de un cura que juró ser fiel a la Iglesia y a sus dictámenes.  Conocer la historia sí lo explica. Ahora bien, asombrarse de las hazañas de este cura seductor sería en Paraguay una gran hipocresía. Nos les luce, como quien dice, rasgarse  las vestiduras en casos como este, menos a esta altura del juego.

Concluido el régimen de 30 años del doctor Gaspar Rodríguez de Francia, el presidente Carlos López dio continuidad a  un proyecto económico que  situó a Paraguay a la cabeza de las naciones sudamericanas. Desaparecido López, asomaron los conflictos y enfrentamientos con sus vecinos. Esta pequeña nación se vio así envuelta en la denomina Gran Guerra o de la Triple Alianza que juntó a Brasil, Argentina y Uruguay en un solo bloque contra Paraguay,   conflagración tan cruenta como desigual  e injusta, efectuada de 1864 a 1870.

El conflicto culminó con una derrota total de Paraguay, que conllevó incluso un enorme desastre demográfico. De 1, 525,000 habitantes antes de la Gran Guerra, quedaron vivos apenas unos 221.000 paraguayos,  de los cuales sólo 28,000 eran hombres.  Murieron las cinco sextas partes de su población. Es decir, desapareció el 90% de los hombres de suelo paraguayo.

Sobrevinieron  apenas 7 varones adultos por cada 100 mujeres y niños. Brasil sumó a su territorio lo que, por corto tiempo, fue la provincia de Paraguay, acción objetada por Argentina. Pero éste no es el asunto en cuestión.

No es difícil suponer la tragedia  y el trance moral y social, desencadenados como secuela unos espurios y desiguales valores demográficos que trazaron un nuevo perfil histórico y cultural.  La natural necesidad reproductiva del ser humano y la convivencia social se vieron seriamente perturbadas.

Leyes y costumbres ajustadas, por así decirlo, a   una suerte de promiscuidad social.

Varias obras relatan la etapa posterior a la Gran Guerra con ciertas pinceladas surrealistas o un realismo mágico sobrecogedor y asombroso. La saga dictatorial latinoamericana noveladas por Augusto Roa Basto, García Márquez y Miguel Ángel Asturias son ricas fuentes sobre el tema. La poligamia consentida, las relaciones incestuosas sin prejuicios ni el menor espanto. Adulterios con licencia, la asechanza y el ya nada extraño acoso sexual de mujeres a hombre  estaban a la orden del día. Quebrantamientos legales atenuados y  justificados por las circunstancias. Para los curas sacerdotes mantenerse célibe ante tal “desastre natural” resultaba inhumano entonces.

Cuentan que la Iglesia, sabia y oportuna como siempre lo ha sido,  se hizo de la vista gorda. Obligar a sus curas a permanecer castos resultaba improcedente y anacrónico.

Los descendientes de España y Portugal hicieron gala, pertinentemente esta vez,  de su progenie.   Machos cabrios, cual formidables toros padrotes,  disfrutaron a sus anchas fornicando y procreando donde la urgencia era el divino mandato “Amaos y multiplicaos” para evita la extinción de una población diezmada.  Hubo que traer o dejar pasar a miles de  “voluntarios” de Chile, Basil, Uruguay y Argentina hacer pareja o simplemente embarazar a las mujeres paraguayas. Mujeres generalmente hermosas y con una gracia ya proverbial en la región. De ahí que la tarea se hiciera atractiva. 

En este escenario debieron haber coexistido o procreado los abuelos del padre Lugo, religioso converso, que los paraguayos eligieron y aclamó hace menos de un año por su encantadora oratoria y comprobado apego a las causas justas. Que haya sido o sea aún un buen padrote, prolijo macho cabrio, de origen español o brasileiro no le quita lo bailado. Socialista y liberal, ha emprendido un ingente proyecto social y económico como un gran desafío político.

El perfil cultural descrito, del que Lugo ha sido víctima, deja al desnudo un  acontecimiento representativo que, indudablemente, debe haber creado una generación  machista y hedonista,  insistentemente extravagante como la historia misma. Y la presente realidad debe ir de la mano de la historia, como es natural. Pero no nos llamemos a engaño: el hecho es destacable y destacado por ser Lugo un jefe de Estado socialista.    

Atentamente,

Eduardo Álvarez

El Nacional

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