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Los colmadones
Señor director:
Los dueños de colmadones protestaron cuando la Secretaría de Interior y Policía anunció que debían cerrar  sus establecimientos de expendio de bebidas alcohólicas  a partir de  las 12 de la noche, aún en Navidad y Año Nuevo. Hicieron contrapropuestas y tuvieron éxito.  Pero gran parte de la población que sufre  los efectos de la actividad en esos negocios, quisiera ahora que se haga una reformulación de los mismos, pues son al  mismo tiempo colmado y discoteca, y no están sujetos a regulación alguna

Un colmadón  debería ser un colmado grande, pero no un colmado-discoteca abierto al público de día y de noche, con música tan estridente y generalmente tan indecente que intranquiliza  y hasta enferma a los habitantes de su entorno.

 Un colmadón no debe ser un punto de venta  de bebidas alcohólicas a cualquier hora, tanto a adultos como a menores. 

Lo que debería hacerse con esos  negocios es clasificarlos en colmados y en discotecas.

Así,  la música del colmado no pasaría de ser puramente ambiental. Las discotecas ya están relativamente reguladas, aunque no se cumplan las reglas. Los usuarios de discotecas saben a qué van, qué se hace, qué  se vende y que se compra en cada una, y ahí, reburujados, consumen todo lo que hay, pero  al menos están encerrados.

Lo que no es posible  soportar por mucho más tiempo es el desenfreno de la generalidad de los colmadones con los altos ruidos de su música, los borrachos haciendo sus travesuras en publico y pegados de las viviendas privadas, las voces indecentes de los clientes, el consumo y venta de sustancias prohibidas, el baile erótico de menores y adultos en plena calle, la ocupación de espacios públicos destinados a vehículos y al peatón y demás prácticas  dañinas.

Sería bueno que Interior y Policía, que explota los resultados de sus encuestas, recoja las opiniones de las  comunidades en relación a los colmadones. 

No es justo que un grupo  de personas se recree y goce hasta el clímax, a costa del derecho al sosiego de las grandes mayorías de los pobladores de las comunidades, especialmente niños y envejecíentes del entorno de  los colmadones, con el pretexto bastardo de que pagan impuestos.

Si las autoridades competentes no lo controlan ni  las comunidades se activan y los repudian,  tendremos un colmadón en cada esquina.          

  Las condiciones están dadas para su proliferación,  pues basta con tener dinero para comprar y vender derechos ajenos, más una población de jóvenes proclive  a los vicios, porque ha  sido contaminada por adultos que practican y promueven las conductas inadecuadas de las malas costumbres, la corrupción y otros antivalores en este paisaje, bautizado como República Dominicana, donde la perversidad va pa’lante.

Bajo ninguna circunstancia debería perjudicarse  la colectividad por unos cuantos dueños de esos negocios, que se colocan por encima de los derechos humanos, de la decencia y de la ley.  Por demás, es obligación del gobierno en su conjunto tomar todas las acciones de lugar para proteger a las grandes mayorías y propiciar una cultura de paz.

Atentamente,

Lic. Santiago Martínez

El Nacional

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