Discursos caídos
Señor director:
Bajo la acción sedante del tiempo duermen muchos delitos electorales siendo los más graves por la honda conmoción que han dejado- los asesinatos de humilde gente del pueblo que encaran los procesos electorales cargados de mucho fanatismo por sus colores y emblemas. Sus quebrantos es innegable- han generado un sentimiento de solidaridad y una emoción colectiva que adquiere la dimensión de desgracias nacionales.
Ya cuando se avecinan los certámenes electorales -algunos medios de comunicación escritos nos brindan estos macabras estadísticas sé que es para tratar de que superemos esas lacras y las convirtamos en armonía, en fraternidad en procesos electorales tan competitivos y apasionados como los que se celebran cada cuatro años-, pero pasa el tiempo y nadie se recuerda de estos desgraciados. Siguen, eso sí, las guerras verbales que a veces llegan al lenguaje de burdel y el atosigamiento de palabras típico del exterminio verbal entre políticos, la mayoría de las veces carentes de principios y que sólo promueven el hastío y el engaño a los ciudadanos y ciudadanas.
Por eso, en esta opinión quiero dejar a los lectores de este prestigioso vespertino, que además de esos muertos precedentemente citados, quedan también sepultados aquellos compromisos de campaña, y también quejas y acusaciones que debieron aclararse.
Hubo candidatos y dirigentes que entendieron que su campaña electoral era todo un éxito, pero después del conteo de los votos se dieron perfecta cuenta de que los sondeos que le daban perdedores no estaban manipulados. Incluso, hubo dirigentes cargados de demagogia que se dirigieron a los dominicanos convencidos de que éramos más ignorantes que ellos. Al final, terminaron sucumbiendo a la realidad, por suerte.
Cuando se aventaron casos como los de Sun Land, el supuesto narcoficialismo ligado a concesiones de obras públicas; las fortunas personales y los sometimientos a la Justicia para después de mayo, la corrupción en el Metro, tarjetas falsas para subsidios, en fin, toda una retahíla de verdades, medias verdades y mentiras, hoy nos dejan sin respuesta.
Lo único apreciable es la buena nota que nos queda de la actitud inteligente de cerrar las compuertas de los excesos por parte de la Suprema Corte de Justicia, que supo desmarcarse con voluntad y tino de aquellos intereses políticos que crean adrede situaciones sospechosas y sin fundamento, confundiendo las tareas de oposición con la de desacreditación a cualquier precio.
Hoy todo está en silencio, bajo el efecto sedante del tiempo, repito, para que queden en el olvido, como los muertos de campaña todas esas promesas y ofertas demagógicas propias de la hora electoral.
La historia de la humanidad no registra que la mentira haya rendido frutos positivos ni siquiera en aquellos afortunados seguidores de don Nicolás el florentino.
Pero estamos seguros de que este proceso se ha ido convirtiendo en una enfermedad degenerativa para la clase política que sólo cosechará el malestar y las frustraciones.
Conviene tenerlo de experiencia para el 2010 y 2012, porque no podemos seguir ejerciendo la política con una conducta típica de bucaneros; ruido y furia no es lo más adecuado, pues terminaremos en radicalismo y riesgos.
Los hombres públicos deben acostumbrarse a que el pueblo se convence con un discurso decente, con vocabulario apropiado, sin tantos agravios e injurias; sin imputaciones de bajos motivos. No dejarse seducir por las emociones populares que es lo que está pasando con ciertos dirigentes que han tomado el monte utilizando un lenguaje selvático. Los lectores conocen sus nombres.
Atentamente,
Ing. Manuel A. Fermín
