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Los mentores culturales

Los mentores culturales

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 El historiador y ensayista mexicano, Enrique Krauze, antiguo jefe de redacción de la revista “Vuelta”, fundada y dirigida por Octavio Paz, actual director de la revista “Letras Libres”, y uno de los últimos biógrafo de “el Sócrates dominicano”, como le llamaba a Pedro Henríquez Ureña, la entonces “novísima intelectualidad mexicana”, destaca el brillante tránsito académico del dominicano, y reseña la huella indeleble de este,  testimoniado por sus alumnos de México, Argentina, Cuba, Chile, Estados Unidos, Venezuela y su natal, República Dominicana.

 Muchos, como hemos dicho, hoy figuras de primer orden en el plano del pensamiento filosófico y la creación literaria.

Krauze, en su excelente ensayo sobre el pensador dominicano, titulado: “El crítico errante: Pedro Henríquez Ureña”, empieza quejandose de la injusticia con que ha tratado “la posteridad literaria” al gan autor de “La utopía de América” (1925), y “Corrientes Literarias en la América Hispana”, (1941).

Resalta –a modo de querella disimulada-, cómo la obra del insigne “Maestro de América” es escasamente conocida, mal distribuida y pobremente editada.

“Ha pasado a la historia literaria con mayor reconocimiento que lo que pensaba su filosofía, pero su recuerdo carece de un asidero tangible. Su obra completa se está publicando apenas, sin buena distribución (…) Las antologías que han aparecido en México y Venezuela incurren en defectos graves: no son un ejemplo de arquitectura y equilibrio, no dan idea de las estaciones espirituales en la vida del escritor, atienden con exceso al historiador y ensayista literario, y omiten por entero al brillante periodista político, al pensador moral y al cuentista que Henríquez Ureña  también fue”, apunta Krauze, al tiempo que subraya: “Su archivo guarda originales inéditos y un tesoro epistolar que sólo se apreciará el improbable día en que un biógrafo ¨a la inglesa¨, dedique años a rescatarlo”.

Como se ve, a pesar de estar inmersos en el aura que hace acopio de lo mejor de la condición humana, velando por el aprovechamiento, la permanencia y proyección de aquellos valores esenciales que luego la vuelven paradigma; los mentores culturales (ya individuos o instituciones), no están exentos de padecer los estragos que producen la desidia y multiplican los estertores de la indiferencia.

Pedro Henríquez Ureña, siendo el primer P.H.D dominicano, habiendo provenido de una familia de educadores destacados, y siendo propietario de un prestigio intelectual y académico continental, no pudo evitar padecer de estos sinsabores, tanto  dentro como fuera de su lar nativo.

Quienes le conocieron y sobreviven, cuentan anécdotas sorprendentes acerca de sus sacrificios y  desvelos, así como de sus afecciones espirituales, fruto de las exclusiones de la que fue objeto, y de las muchas discriminaciones que tuvo el coraje de soportar y  superar, con la altivez de su decir libre, sólo mediatizado por una loable aptitud crítica, alerta siempre, solidaria, independiente, valiente y mesurada.

El Nacional

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