Estoy seguro que respondí con una pachotada cuando en un intercambio literario en Nueva York con los estudiantes del Manhattan College, alguien preguntó sobre cuales procesos internos deben producirse en un individuo para que devenga el milagro de la creación literaria.
Confieso que la pregunta me desencajó. Fue como si desde el bombín, todos incluso El Mago-, esperara la aparición acostumbrada de un conejo blanco, alzado por las orejas por grandes guantes rojos, y presentado de manera rimbombante con fanfarria y todo-, ante un público de común expectante, presto como antaño a fingir alborozo.
Esto es, que según la experiencia desenvuelta tras la paranoia organizativa de estos eventos, algún muchacho aplicado se levantaría raudo y Veloz Maggiolo-, con cinco pequeñas fichas subrayadas en verde fluorescente o rojo lumínico, o quizás en amarillo incandescente, y le preguntaría al Autor Invitado sobre el cariz de sus influencias intelectuales y personales, o sobre los tópicos recurrentes en las obras de los ardientes protagonistas del universo cultural contemporáneo de su país, o tal vez, ¿qué diablos quiso decir?, o ¿qué demonios piensa que entrevera?, con este u otro verso, o ¿a qué alude con exactitud?, en tal o cual párrafo.
Por supuesto, todas estas posturas interrogantes lanzadas con la tónica de quien inquiere presupuestos de remembranzas o cotejos razonados que den cuenta cartesiana de la aparición u origen de lo fantástico ante lo cotidiano-maravilloso.
Para enfrentar el bosque, de seguro que el Autor Creído habrá ensayado más de una frase pretendida eficaz ante la suspicacia. Algún retruécano verbal con ínfula irónica. Posiblemente, habrá estructurado con antelación; bielas y sonajas anecdóticas con trasfondo erudito, cuya misión sería la de filtrar de manera o forma soslayada-, una respuesta inesperada de incuestionable alegato -¿?- y ostentosa túnica filosófica, que dejaría en el público la impresión de que se asiste a una cita memorable con la indulgencia de la genialidad, por la cual los mortales (tristes oidores del rocío), tendrían motivos de sobra para sentirse privilegiados y correspondidos ante el sacrificio expuesto que supone mover a un lado el televisor, y asistir a un encuentro con un escritor desconocido, proveniente de un remoto país caribeño; por supuesto exótico, multirracial, y por ende multilingüe; de escaso y compartido territorio, con nombre casi inmemorial y población y maneras medianamente salvajes. Pero, paradójicamente; de febril pasión hospitalaria, según la guisa publicitante de su pequeño ministerio de turismo.
Pero no, como diría el poeta Pedro Mir. La hermosa muchacha oriunda de Coney Island, pero de nana mexicana y padres montañeses nativos de Montreal, no leyó ninguna página del guión imaginado por el Autor Invitado y Creído. Así que piensa que la Sala de Actos del Manhattan College es el escenario ideal para destacarse lanzando esta bomba de fabricación americana y estallido expansivo: -¿Cuáles piensa usted son los procesos internos que se consuman para que un individuo sin importar su creencia religiosa e ideología política, devenga en creador literario?-.
Luego de unos tres terribles minutos abrasivos, donde la mirada derecha flotaba bajo el techo cóncavo del auditorio, contesté con más vergüenza que decoro: -Fíjese usted, no tengo idea-. Pero me temo que la respuesta, lejos de ser advertida como el hallazgo afortunado del hombre honesto de Diógenes, produjo que más de siete concurrentes se miraran y gesticularan, y me atrevo a jurar por el honor de la virgencita de Altagracia, que visualicé a más de uno pensando en proponer un discreto retiro de las partes, forzado por la evidenciada incertidumbre y el inocultable tedio del Autor Invitado, así como por la heterogeneidad y decepción del público.
-¿Cómo es que no ha escarbado usted en los promontorios oscuros de su psique para descubrir aquello que implosiona hacia sus adentros para justificarse?-, -¿Cuáles mecanismos de orfebrería exterior hacen posible la puesta en ejecución de sus temores traspuestos en rebeldías?-, -Sábato (Ernesto) nos habló de los fantasmas tutelares de los escritores- -¿Acaso no ha explorado usted en toda la simbología circundante que vuelca el escenario de su ser real al margen de su entorno y apetencia?-, -¿Qué clase de escritor se piensa usted?-, -¿A qué le teme más: a su otro altero o a su mismidad caótica?…. Pensé que preguntaban… -¡enepei!- (cuya traducción barrial es: ni puta idea), imaginé que dije. Pedí dos aspirinas y pase a intentar tapar el hueco con leyendas inventadas sobre el proceso de escritura de cada uno de mis libros.
Di detalles alusivos a esa biografía marginal de los actos que propician la escritura y en los que ningún crítico e historiador se detiene por creerlos frívolos; trivialidades sin sustancia o asperezas de lo común. Residuos letales de lo ordinario en busca de la perla de lo absoluto y la belleza…
Siempre he pensado que la desdicha real de los oficiante de la palabra es que ciertamente desconocen los verdaderos pormenores de su servidumbre. Esto es, que contrario a lo que se cree o representa, los creadores; sean artistas o intelectuales, lanzan sus dudas hacia el ostracismo involucionado- de un universo en pugna sobre su diversidad, precedencia y objetivo.
Y Tal y Cual les ofrecen un mundo lacerado en clave de suposiciones y fantasmagorías, disfrazado de racionalidad y correspondencia. Porque saben que su espacio vital está urgido de encantamiento y necesitado del fuego decidor de la ilusión que sólo motorizaría aquello que habría de simbolizar y justificar a su ser perplejo, ante el vacío de lo infinito y desechable de la realidad.
Para escribir o decir que es pintar, esculpir o cantar-, se necesita del albergue de un espíritu libre, sólo convocado gracias al acopio de un temperamento fundante.
Se funda una escritura como se instaura al crecer una ética. Así, casi de manera imprevisible; se adquiere una estética cuando se advierte la irrenunciable sumisión ante una pasión.
Se escribe apasionadamente, porque se piensa que encontraremos al duende, tras ese continuum y meticuloso procesamiento de nuestros sueños y temores.

