Opinión

Los transeúntes

Los transeúntes

El drama de los llamados transeúntes y sus hijos en la República Dominicana es apenas un pequeño reflejo de un problema extensible a la mayoría de las sociedades en el mundo. Millones de personas cada año tratan de escapar a su condición de pobreza extrema saliendo de la miseria de sus países para ir a transitar en otros en búsqueda de mejores oportunidades para sus vidas. El poco control sobre el flujo de transeúntes en la mayoría de los países destino, ha provocado que dentro de sus territorios surjan minorías de transeúntes compuestas por núcleos familiares que van quedando bien enraizados al país por donde van transitando.
República Dominicana no es exclusiva al problema de los transeúntes, de hecho, hoy en Estados Unidos se evalúa la posibilidad de hacer nacionales a aproximadamente unos 11 millones de transeúntes que han venido transitando en su territorio desde hace al menos unos 20 años, entre ellos cientos de miles de dominicanos que han estado de tránsito en el territorio del vecino del Norte. Para fortuna de nosotros, y desgracia de los Estados Unidos, ya tenemos la sentencia TC 168/13 que con menos debate y menos costos, nos ha resuelto el problema.
Un hijo de transeúntes obviamente no es dominicano, pues así fue establecido en nuestras constituciones desde el 1929, por lo tanto debe ser enmendado ese error. Naturalmente, la mejor forma de hacerlo es pasándole liquid paper al registro que originalmente les consideraba dominicanos y en lo adelante registrarles en el acta de hijos de transeúntes para que tengan la nacionalidad de donde sus padres empezaron su tránsito. Lamentablemente para muchos de ellos que se quedaron por acá creyendo en la seriedad del Estado Dominicano, y dando por sentado su estatus declarado oficialmente por este en actas de fe pública emanadas por sus propias instituciones, pues ahora resulta que están en un país de donde no son y sin un pasaporte válido emitido por las autoridades del país de donde, de repente, son y sin nada que avale su entrada (o la de sus padres) al país. Por vías de consecuencia estos han estado transitando desde que eran un corajudo espermatozoide tratando de alcanzar un óvulo hasta el día de hoy, en lo que han sido fatigantes décadas de un tránsito inagotable.

Contrario a otros países donde el drama humano es ver como familias son separadas cuando los padres transeúntes son deportados, y sus hijos no transeúntes y nacionales del país donde sus padres transitaban se quedan donde están, por pequeñeces como los Derechos Humanos y las leyes, en la República Dominicana hemos logrado encontrar una fórmula que satisfactoriamente evita ese drama: mandando a los neo-transeúntes a tratar de conseguir reconocimiento del país de donde sus padres iniciaron su tránsito, que probablemente muchos en sus vidas ni siquiera han pisado, antes de quedar deportados para volver a vivir a un país donde “volver” no aplica porque nunca allí han estado.
El principio de la irretroactividad y el trato favorable existen para que razonablemente no ocurran este tipo de cosas, el estado de las situaciones jurídicas reconocidas por el Estado, salvo fraude, deberían cambiar para el porvenir no porque suena bonito, sino porque el mundo no está lleno de gitanos viendo bolas de cristal para determinar una norma jurídica o la interpretación de esta en el futuro para que las personas empiecen a ajustarse ahora en el presente.