Una madre con sus hijos representa a toda la humanidad. Retrato universal que trasciende a eso que conocemos como esfera publica, que abarca a la política, partidos, medios de comunicación, organizaciones, asambleas y Estados. Existe una madre, real y latente, en toda mujer. Con o sin hijos biológicos, todas asumen, con escasas excepciones, la maternidad de manera natural. Es en ella una necesidad de permanencia, una razón vital. Las mujeres que no han tenido hijos, protegen, aun con una gran fuerza maternal, a sus sobrinos, hermanos, amigos y vecinos. De ahí la inquebrantable relación biunívoca mujer-madre y madre-hijos.
En ella se proyecta el crecimiento poblacional. Constituyen el indicativo demográfico que permite cuantificar y pronosticar el número de habitantes de un país Los elementos que definen a la sociedad son mutables. Cada época y sistema ha tenido sus características. El movimiento obrero fue un ícono del socialismo, así como el dinero y el desarrollo tecnológico representa la era del capitalismo en una fase superior.
Tales transiciones han puesto en juego la vigencia de las instituciones que conforman esa esfera publica. No así el valor que representa una madre con sus hijos. A pesar de los tránsitos de la Historia, escabrosos y llanos, permanece inmutable.
Estamos hablando de un sagrado sentido de subsistencia, intuitivo, por tanto natural. Reflejo animal que, paradójicamente, hace a la mujer muy humana y fiel a su compromiso con la vida y la naturaleza. De ahí, que veamos en cada madre soltera, sostén único de sus proles, a una sublime expresión de la humanidad. Paradigma de la sociedad y del grupo que le ha tocado vivir.
En una etapa como la presente, en que la familia se ha ido debilitando como institución sostenedora de principios morales y decentes, es oportuno observar, valorar y respaldar la función social de cada mujer, es decir, de cada madre. Independientemente de la familia, núcleo del que ha sido cabeza y sostén, siempre moral y muchas veces material.
Cuestionada la vigencia de la familia, nos queda la madre para seguir el mandato divino de procrear y cuidar la formación de las futuras generaciones. Enterarnos y entender esta realidad es el primer paso para reconocer su necesidad e importancia presente.
