Una madre con sus hijos representa a toda la humanidad.
Existe una madre, real y latente, en toda mujer. Con o sin hijos biológicos, todas asumen la maternidad de manera natural, y entusiasta. Es en ella una necesidad de permanencia, una razón vital. Quienes no han tenido hijos, protegen con igual fervor maternal, a sus sobrinos, hermanos, amigos y vecinos. De ahí la inquebrantable relación biunívoca mujer-madre y madre-hijos.
En ella se proyecta el crecimiento poblacional. Constituye el indicativo demógrafo puntero que permite cuantificar y pronosticar el número de habitantes de un país.
Nada cuestiona el valor que representa una madre con sus hijos. A pesar de los tránsitos de la Historia, escabrosos y llanos, permanece siempre inmutable.
Estamos hablando de un sagrado sentido de subsistencia, intuitivo, por tanto natural. Reflejo natural que, paradójicamente, hace a la mujer más humana y fiel a su compromiso con la vida y la naturaleza.
De ahí, que veamos en cada madre, básico sostén de sus proles, a una sublime expresión de la humanidad. Paradigma de la sociedad y de grupos que le ha tocado ser parte.
La bandera de nuestro planeta debe estar representada por una madre al lado de sus hijos. Sería el mayor monumento de justicia a la humanidad.
En etapas en que la familia se debilita como institución sostenedora de principios morales y decentes, es oportuno observar, valorar y respaldar la función social de cada mujer, es decir, de cada madre. Incluso, fuera de la familia en casos extremos, del núcleo del que ha sido cabeza y sostén, siempre moral, muchas veces material.
Cuando la vigencia de la familia es cuestionada, nos queda la madre para seguir el mandato divino de procrear y cuidar la formación de las futuras generaciones. Reconocerlo es el primer paso para valorar su necesidad e importancia presente y futura. En ellas, el cambio es vital.
Por: Eduardo Álvarez
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