El discurso oficial remite a magia la facilidad con que han evadido los cercos perseguidos por desfalcos, lavado de activos y narcotráfico, sobre todo extranjeros. Anestesiada como parece la opinión pública no hace el menor caso a las leyendas, pero Estados Unidos, con la injerencia que ha protagonizado últimamente para capturar y extraditar acusados de narcotráfico, sí que no cree en cuentos. Los hermanos Benítez pudieron erigir un imperio con las millonarias inversiones que efectuaron, sobre todo en el Este, fruto del desfalco por más de 100 millones que según el Tío cometieron en el Medicare. En la alharaca sobre las pesquisas se citaron, por supuesto sin identificar a nadie, abogados y figuras prominentes que habrían contribuido con el blanqueo del capital que invirtieron los cubano-estadounidenses. A la hora de la verdad agentes norteamericanos pudieron dar con unas cuantas propiedades, pero el paradero de los célebres hermanos se ha convertido en uno de los secretos mejor guardados. Se esfumaron sin dejar rastros y nadie sabe cómo. Ahora con el boricua José D. Figueroa Agosto, implicado en el caso de los 4,6 millones de dólares y otras pertenencias, la historia se ha repetido. Figueroa Agosto, quien según algunas versiones era rastreado desde hacía más de un año, escapó, hasta la fecha, de las narices de los agentes que lo perseguían. Tan pasmosa ha sido la facilidad de los escapes que sólo ha faltado que se propalara, como en otros tiempos, que estaban untados, que tenían un bacá o habían hecho algún pacto con el Diablo. El efecto comoquiera es el mismo, porque la gente está que lo cree todo o no le hace caso a nada. Pero tampoco se chupa el dedo como para no darse cuenta de las razones por las cuales se guarda silencio ante la injerencia de Estados Unidos en la captura y extradición de supuestos delincuentes internacionales.
