Sube tensión
Haití ha estado sumido en el caos y la violencia, pero desde el asesinato del presidente Jean Vilbrun Guillaume Sam, en julio de 1915, hasta la fecha, había conocido golpes de Estado, atentados y dictadura, pero no otro magnicidio como el de Jovenel Moïse.
El crimen del mandatario, abatido en su residencia por pistoleros en un atentado en que también murió su esposa es consecuencia de la inestabilidad social y política que ha sacudido a la nación desde que el gobernante decidió permanecer en el poder tras expirar el 7 de marzo de este año el período para el cual fue electo. Haití ha transitado momentos muy convulsos por el terror impuesto por pandillas y decisiones controversiales adoptadas por el asesinado mandatario.
Hacía apenas unos días que Moïse había designado un nuevo primer ministro para organizar las próximas elecciones y buscar bajar las tensiones. El mandatario había abierto varios frentes, entre los que destacaban, además de sectores populares, la Iglesia y la clase empresarial.
Tras el homicidio, por demás deplorable, las tensiones se elevan al más alto grado y las consecuencias son impredecibles. Si de por sí era incierta, con el asesinato de Moïse la atmósfera social y política se torna más explosiva.
El trágico caso, que debe aclararse sin la menor sombra de duda, es otro potente llamado a la comunidad internacional sobre la situación de una nación, que además de la violencia protagonizada por pandillas es azotada por la pandemia del coronavirus. El panorama resulta ahora más impredecible.

