No hay que dar muchas vueltas para advertir el estado de descomposición social que refleja, sin que nadie se llame a engaño, el saqueo de los escombros dejados por la explosión de una planta de gas instalada en la carretera de San Isidro, ocurrida el jueves en la madrugada. No se trata de un caso aislado, sino, simplemente, de una práctica que se repite.
El comportamiento protagonizado por vecinos de la envasadora León Gas es el mismo que han observado curiosos y vecinos en accidentes de tránsito. Antes que auxiliar a los accidentados o cooperar con las autoridades la gente, sin importarle las consecuencias, se lleva todo lo que encuentra.
En modo alguno puede decirse que anda bien una sociedad que ha perdido el sentido de la compasión y la solidaridad frente a la tragedia. Puede parecer crudo, pero lo cierto es que más fácil puede encontrar la muerte algún herido en un accidente que alguien lo transporte a un centro médico.
El saqueo de las ruinas de la envasadora siniestrada en San Isidro expresa una conducta social que ha cobrado fuerza. La desconfianza en que algún efecto de valor será puesto a buen resguardo representa uno de los muchos factores que llaman la atención sobre el preocupante síntoma.
De la misma forma que el deterioro social, el suceso que dejó al menos 18 heridos y provocó cuantiosos daños materiales sacó a relucir la ligereza de las autoridades en torno a esos casos. Antes de abocarse a una investigación un supervisor del Cuerpo de Bomberos declaró que por estar en una zona residencial y cerca de establecimientos comerciales la envasadora violaba las normas establecidas.
Contrario a lo que declaró el general Daniel de Jesús García Moscoso lo cierto, conforme a fundadores del sector, es que la zona era un monte cuando se concedieron los permisos para la instalación de la planta. Tales desatinos inciden de alguna forma en la reacción de la gente.
Hay razones para inquietarse.
Maniobra
Hace tiempo que a la Secretaría de Industria y Comercio le han cogido el truquito con relación a los precios de los combustibles. Las retenciones anticipan alzas contundentes como las de las últimas semanas. Sin embargo, no se acaba de entender cuál es el secreto de una maniobra que ya se torna odiosa. Quizás las autoridades ignoren que el rejuego no constituye el menor aporte a la transparencia que está obligado a observar todo el que maneja recursos públicos.
¿Verdad, Magino?

