Por: Pedro P. Yermenos Forastieri
pyermenos@yermenos-sanchez.com
Cuántas personas admiran ahora a Nelson Mandela! Hacerlo en estos momentos es fácil y políticamente correcto, es decir, que en muchos casos, esa idolatría se hace por conveniencia cínica. Muy distinta eran las reacciones y las posiciones de los súbitos admiradores cuando había que tomar partido por las ideas y las prácticas asumidas por este luchador político excepcional. Para ese entonces, Mandela, para ellos, era ese obsesivo negro rebelde que quiere perturbar el inconmovible sistema de los blancos sudafricanos y del mundo.
La indiscutida, pero errónea y maliciosamente interpretada, capacidad de perdonar de Mandela, es el elemento en el que más se refugian los nuevos apologistas del líder recién fallecido, para colocarse en el lugar que aconsejan las circunstancias, pero tales oportunistas ni por asomo son capaces de asumir idénticas actitudes ante la vida y ante sus semejantes si éstos están signados por características raciales, económicas y culturales valoradas por ellos como inferiores.
Quienes de forma tan dúplice actúan, pretenden atribuir a Mandela un concepto del perdón más acorde con parámetros religiosos y espirituales, lo cual está muy lejos de reflejar los fundamentos esenciales a partir de los cuales el primer presidente negro de Sudáfrica asumió sus decisiones.
Mandela fue un genio político. Estratega excepcional y táctico sagaz. Dentro de esos paradigmas es que es preciso evaluarlo, a él, en tanto y en cuanto político y estadista, como a sus actuaciones. En ese contexto específico, su concepción del perdón no es ni puede ser la excepción. Perdonar para él nunca fue un atributo para generar resultados de carácter personal, sino para beneficio de su patria en sentido particular y del mundo en sentido general. Es precisamente eso lo que lo hace un gigante.
Para cualquier ser humano común y corriente, lo normal hubiese sido asumir una de dos actitudes frente a todo el oprobio sufrido por este personaje de la historia. Reaccionar de forma agresiva y vengativa contra los responsables de tanta barbarie, o manifestarles su perdón y beneficiarse en términos individuales de una acción tan magnánima como esa.
Semejante conducta jamás fue su opción. Al contrario, convirtió su martirio en oportunidad para el engrandecimiento de todos y resorte que impulsara un Estado capaz de acoger, en igualdad, blancos y negros. Espantaba ver en su funeral tantos simuladores, adversarios políticos del difunto, por más que usted crea que Nelson Mandela los perdonó. Lo cual no es mentira, pero tampoco verdad.

