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Mauricia Álvarez

Mauricia Álvarez

Chiqui Vicioso

luisavicioso21@gmail.com

Siempre me llamó la atención que Mauricia eligiera morirse un 27 de Febrero, Día de la Independencia Nacional.
Me pareció simbólico que justamente el día en que celebramos nuestra liberación ella decidiera liberarse de sus múltiples frustraciones, como una brillante mujer que quería cambiar el mundo y no pudo; hacer un aporte a la atención de la ancianidad dominicana, y no pudo; crear una institución cultural para apoyar a talentosos, pero pobrísimos jóvenes de nuestra América, y no pudo. Crear un refugio para Llamas que en cuestión de semanas destruyeron el jardín que era su mayor orgullo.
Mauricia había heredado algunos millones y en sus fantasías creía que eso financiaría la primera parte de sus múltiples proyectos. Fue mi función llevarla a Bani, donde el gran capital cafetalero ha creado un centro cultural para toda la región sur. Creo que se sintió apabullada. O llevarla al Centro León. Ahí entendió las limitaciones reales en términos económicos de sus sueños y lamentó una vez más que no la dejaran quedarse al frente del gran proyecto de sus padres, fundadores de la iniciativa más innovadora para la ancianidad del país, y su centro en Cienfuegos. Lazos de familia, como diría la inefable brasilera Clarice Lispector, en la que es para mí su mejor novela.
Si a eso añades las acciones de su mejor amigo, hijo de un célebre pintor, por el cual hipotecó su casa y una vez establecido jamás reconoció su deuda; y sus constantes decepciones en el amor, el último una reconocida especie de dandy que se especializa en extranjeras, bajo un discurso cultural “alternativo”; o un hijo adoptivo que nunca aprendió lo que era el agradecimiento, entonces se entiende como el vaso se va llenando hasta que un día se desborda.
Lo único que lamento, lo que siempre he lamentado, es no haber estado ahí ese invierno fatal, en el que como Julia de Burgos, intentó buscar refugio en los brazos de un hijo que no la acogió, o de una familia distante.
Aún la veo en el aeropuerto, donde fui a despedirla, con mi sombrero de paja, el cual le regalé para que se viera aún más bonita de lo que era, con sus largas trenzas blancas, o un mar de pelo con el que deslumbraba, porque brillaba a leguas.
Fuimos a ver al Buena Vista Social Club, en La Habana, y no pudo contenerse, como no pudo contenerse en todas las calles de la Vieja Habana donde grupos de Soneros intentan ganarse la vida. Ellos la acogían con ternura, la dejaban tocar sus bongós, o sus maracas, porque si alguien entiende las necesidades del alma son quienes más han padecido la vida.

El Nacional

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