Me siento avergonzado del Congreso Nacional. Comprendo al premio Nóbel de Literatura, José Saramago, que donde quiera que es invitado como charlista, se queja de la ligereza con que la palabra democracia se escribe en los periódicos y se escucha a través de la radio. ¿De qué sirve ir como corderos cada cuatro años a ponernos en fila para votar por senadores y diputados?
Sabemos que entre las atribuciones que les reconoce la Constitución a estos últimos, figura la de reformarla con las dos terceras partes de los votos, y se supone que esa mayoría se alcanza a través de la participación reflexiva de los asambleístas, o mejor, del convencimiento a que ellos llegan luego de haberse sometido a debate la modificación planteada. En papel, el artículo 4 consagra la independencia de los tres poderes del Estado en el ejercicio de sus respectivas funciones, e insisto que es sólo en papel porque en el proyecto de reforma sustantiva recientemente aprobado, los congresistas del PLD se acogieron pie juntillas a las imposiciones del Poder Ejecutivo.
Es inaudito, excepto en esta democracia caricaturizada que nos gastamos, que el jefe de Estado haya instruido a los asambleístas, acaso como si fuesen un hato de enajenados mentales incapaces de deducir, por su cuenta, lo que debían aprobar o rechazar. Lo propio puede decirse de los perredeístas favorecidos el 16 de mayo del 2006 por ciudadanos que entendieron que legislarían con arreglo a su conciencia. Unos y otros terminaron siendo marionetas de la voluntad ajena. ¿Podemos decir que vivimos en democracia? Pregunta tonta que desata la carcajada de cualquiera. Al igual que Saramago, creo que está llegado el momento de que los gobernados hagamos algo para que reforcemos en nuestra conciencia la voluntad de no dejar que nos engañen, y no tenemos que emplear mucho tiempo en saber dónde, cuándo y quienes nos están engañando.
