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Memento Mori

Memento Mori

Efraim Castillo

Este domingo, 5 de julio, muchos de los que durante los últimos ocho años— y un buen número desde los últimos dieciséis— sabrán que son mortales, que son simples hombres abocados a la muerte y no los soberbios y engreídos personajes que creían ser cuando los brillos del poder absoluto los enceguecían.

Este 5 de julio, cerca de la medianoche, esos personajes se darán cuenta de que todo en la vida es transitorio, banal y tremendamente anodino. Este 5 de julio, muchos de esos seres que se creían amparados por un inexpugnable y maldito escudo de impunidad, se darán cuenta de que la vida falsificada y, más aún, la vida vivida con una máscara de engaño y corrupción, tiene su final.

Este 5 de julio, como una voz lejana que nunca quisieron escuchar, la pandilla peledeísta que traicionó los principios del boschismo conocerá que a todos les llega un memento mori.

Los romanos, que estudiaron hasta la saciedad las civilizaciones que les precedieron [sobre todo la griega], comprendieron que a sus generales y héroes les faltaba un recordatorio, un martilleo constante que penetrara sus conciencias; una voz que les acordase la simplicidad de la existencia, y por eso crearon la figura del sirviente que les apuntaba en los desfiles victoriosos la frase: “¡Mira detrás tuyo! ¡Recuerda que eres un hombre, no un dios!”
Según Tertuliano [160-220], esta expresión, memento mori [recuerda que morirás], provenía de los sabinos, uno de los pueblos que, al igual que los etruscos, ecuos, latinos, ligures y samnitas [entre otros], habitaron la península itálica antes que los romanos.

Los sabinos utilizaban este llamado para recordar a los miembros destacados de la comunidad que eran sencillamente mortales; una manera de bajarle los humos de la cabeza.

En las elecciones de mayo del 1978 [el torneo en que el balaguerato fue echado del poder por un pueblo que se hastió de la prepotencia de sus mandatos y, sobre todo, de lo que acarreaba un régimen absorto en el poder absoluto], a Balaguer, sin quizás el político dominicano que mejor conoció el trujillato por ser un testigo protagónico de aquella tiranía, le había faltado —desde que asumió la presidencia en 1966— una frase, una voz, un memento mori a sus espaldas que se repitiera como un mantra, como una recordación de que a los humanos nos espera un instante en que lo mortal se apagará y el poder, la vanidad y todos los privilegios se extinguirán.

Un recordatorio que es necesariamente vital para todos los que logran triunfos políticos, deportivos, empresariales, literarios, científicos y artísticos, y se ofuscan por el goce momentáneo que los envuelve. Aunque ligeramente moderado, Balaguer suavizó un tanto la implacabilidad de su gobierno en 1986, pero siguió ignorando la importancia del memento mori.

Ahora el peledeismo, que abandonó un boschismo que proponía “servir al partido para servir al país” y lo convirtió en un “ordeñar al país para servirnos nosotros”, sabrá que a todos nos llega el memento mori.

Por: Efraim Castillo
efraimcastillo@gmail.com]

El Nacional

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