Opinión

MI VOZ ESCRITA

MI VOZ ESCRITA

POR Jorge Herrera
jorgerrera15@hotmail.com

Pobre papá…

El próximo día 26, último domingo del presente mes de julio, como todos los años, desde que el comercio dominicano lo dispuso, en nuestro país se celebra el día de los padres. Antes, por tradición, se festejaba el último domingo de junio.

Es obvio que el cambio de fecha se debió a que los siempre magros recursos del padre de clase media, se agotaban en festejar a la mamá el último domingo de mayo, y el movimiento comercial mermaba sustancialmente por falta de circulante.

Los padres se empeñan en poner algún presente en manos de los hijos para que halaguen a su madre, y adquieran conciencia sobre el deber de compartir con su progenitora, los bienes que la Providencia les proporciona a través del trabajo honrado y dignificante.

El dinero reservado para ese día, regularmente lo aporta el padre, pues, hasta hace poco, el rol de la madre se limitaba al de Ama de Casa; al punto de que en la Cédula de Identidad  aún se consigna, para la mujer, la ocupación “quehaceres domésticos”, si no es empleada pública ni privada.

Igual que siempre, en la actualidad, el padre, si es de la clase media propiamente dicha, es el que carga con la responsabilidad de cubrir los gastos de las celebraciones, y  engruesa las arcas del comercio.

Haciendo abstracción de lo que es un día de los padres en la clase burguesa, es fácil suponer que se reduce a un inusitado almuerzo o cena “en familia”; donde se degusten vinos y delicatessen gourmets, en medio de zarandeadas frases cursis, sin sentimiento alguno.

¿Qué sentimiento puede expresar hacia su padre, un hijo a quien se lo han dado todo y el padre lo tiene todo, sin que ninguno de los dos pueda explicar el origen de lo usufructuado?

La otra cara de esa realidad se vive en la clase baja.

En medio de la marginalidad más apremiante, el hijo no ha recibido más que la sobrevivencia y el padre no ha podido dar nada más.

En esas condiciones, ¿qué se puede celebrar?

 Sin embargo, lo más lamentable, obviando las diferencias en las clases sociales, es la falta de conciencia colectiva sobre la importancia que tiene el factor “Y” en la procreación.

El Nacional

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