En la primera parte de esta entrega comenté que con el objetivo de ser a final de cuentas el gran beneficiario del proceso electoral recién pasado, el presidente Fernández hizo del triunfo de Danilo Medina algo ilegítimo. ¡Pruebas al canto! Solo los comprometidos en el embrollo fraudulento del escrutinio, lo reconocen bueno y válido.
Antes, dije que hubo detalles que no se podían soslayar, y los califiqué como los quiénes. Al referirme a quiénes fueron los culpables, los identifiqué con suficientes pelos y señales. Sobre quiénes fueron los perjudicados, pienso que no hay que hacer mucho esfuerzo para identificarlos: el sistema democrático en su totalidad y la fe de los electores en el mismo.
Hecho ese ejercicio de lógica elemental, se me ocurre que habría que agregar poco, para concluir en que hay que hacer un alto y cambiar de rumbo, a los fines de que este derrotero no nos lleve al colapso; es obvio que no andamos bien, y que la inercia colectiva acabará imponiéndonos, precisamente lo que tememos.
Pienso que no es ocioso que también uno se aboque al análisis de ciertas actitudes con la misma finalidad. ¿Cómo evitar que la suspicacia se adueñe de la psique, si hay conductas inimaginablemente impropias, y arteras, por demás? ¿De qué forma reaccionar cuando las evidencias son tan palmarias que gritan a los confines de la tierra, el dolor de una traición?
Francamente no lo sé. Debido a la impotencia ante la gravedad de los daños infligidos al pueblo en nombre de una institucionalidad interesadamente mal entendida, solo alcanzo a exigir el máximo castigo a los culpables, por cuanto la indulgencia es definitivamente imposible; con más razón, luego de la revelación de la secretaria de Organización del PRD.
En su narrativa Taras Bulba, Nicolái Gógol, recrea la guerra entre los cosacos y los polacos; y pone en labios del guerrero Taras, la siguiente expresión: Hay palabras por las que un hombre debe morir

