Opinión

MI VOZ ESCRITA

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Es inmemorable el tiempo que hace de que la idiosincrasia de lo que hoy se conoce como pueblo dominicano, viene siendo influenciada; y hasta moldeada con culturas ancestrales que si bien hicieron aportes,  la mayoría de ellos no fue lo mejor.

Esta parte de la isla siempre fue un hato ganadero en medio de una gran plantación de caña con la excepción de algunas áreas que por sus condiciones agreste, cenagosa y de excelente pluviometría, aún se las explota en atención a sus virtudes, en justa medida.

Son los casos de los pedregosos y áridos terrenos del 

Sur, que con el concurso del salitre marino, sólo facilitan su hábitat a los árboles que resisten los severos embates del medio ambiente. No es casual que en esas cuasi desérticas tierras se puedan admirar erguidos y frondosos los árboles de guayacán. 

Lo mismo se puede afirmar sobre el arroz que se cultiva en La Vega, Bonao y Cotuí; y del tabaco, el café y el cacao de Santiago, San Francisco y del litoral nordestano.

Sin embargo, es con la llegada de Hipólito Mejía a la Secretaría de agricultura (SEA) en el gobierno de Antonio Guzmán Fernández (1978-1982) que el campo nacional recibe la atención debida y el campesino adquiere la conciencia necesaria para obtener de la tierra más producción con mayor productividad.

El “milagro” es posible gracias a la implementación de los Centros de Servicios Rurales Integrados (CENSERI)  ya aprobados por la SEA en 1975 en coordinación con  el Instituto Interamericano de Ciencias Agrícolas (IICA) con sede en Costa Rica. Es obvio que el proyecto no se había ejecutado por los intereses creados.

El Nacional

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