Opinión

Miedo y domininación

Miedo y domininación

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La utilización del miedo por la Iglesia y el Estado se debió a los propios temores que se apoderan de las instituciones que apuestan a la perpetuidad, negando el discurso del perfeccionamiento evolutivo y la expansión constante del pensamiento.

El cristianismo, que inició su reinado apoyándose en el costado donde las religiones mágicas glorificaban la vida sin temor a la muerte, se apartó de su discurso por la ceguera que le proporcionó el poder, el ejercicio bellaco de un reinado petulante que defendía a como diera lugar.

De propulsor de la libertad absoluta del amor y el perdón sobre los odios y el miedo, el cristianismo pasó a ocupar el lugar del César, haciendo suyas las reglas y fiscalizaciones que le habían asegurado al imperio la gloria durante medio milenio, pero superando la estructura anterior a través de una curia subordinada por los miedos: la condenación al fuego eterno, al infierno, a la desaparición de la vida sin derecho a la resurrección; un miedo que todo sacerdote debía transmitir en hipérboles altoparladas a las feligresías ignorantes, porque la ignorancia ha sido siempre la asociada mayor del miedo, convirtiendo en autodestructivo el temor del hombre a Dios, degradándolo a la heredad del pecado, e inculcándole la noción de una maldad que requiere del desasosiego vestido de arrepentimiento para lograr la redención.

No es de extrañar, entonces, que a partir del Siglo VIII después de Cristo, el cristianismo pasara a ocupar las directrices de un mundo cada vez más temeroso de quemarse en las brasas del infierno y de que, seis o siete siglos más tarde, advinieran a la civilización occidental los estados políticos que marcaron las improntas del perfeccionamiento de los miedos, introduciéndolos en las estructuras represivas del poder: los ejércitos.

Mientras los faraones, reyes y emperadores se apoyaban en religiones mágicas y en la condición de dioses que ostentaban, fomentando entre sus guerreros un pánico que se mezclaba a la adoración, los ejércitos y condotieros que arribaron al Renacimiento debían llevar sobre sus hombros una doble carga de miedo: los temores al príncipe y a la iglesia, entroncados en una entente epistemológica —o cognitiva— que trascendía el propio alcance de sus obligaciones y los internaba en los vericuetos de la intriga, la traición y el síndrome de la desconfianza, la cual lleva siempre a la delación y al pánico. La historia ha considerado a Nicolás Maquiavelo como el padre de la ciencia política y creador de la noción “razón de Estado”, sintetizando el texto de El Príncipe a frases y aforismos como —verbigracia— que el Príncipe debía ser temido y amado, pero con una carga mayor hacia el temor.

Sin embargo, Maquiavelo teorizó sobre la realidad de su época, redactando las interioridades de lo que debía ser un Estado fuerte, con sus debilidades y miedos, tomando de prototipo a Fernando de Aragón, a quien el Papa Alejandro VI (Rodrigo Borja), en 1496, otorgó —junto a su esposa Isabel— el título de Reyes Católicos.

El Nacional

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