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Si se mira hacia el pasado —no hacia el pasado al que nos estamos acostumbrando a observar, deteniéndonos caprichosamente en el 1930—, si no hacia ese pasado que se conjuga y sintetiza entre la Separación, la Anexión y la dictadura de Lilís, desembocando en el año 1916 —que asaltó y sorprendió a un país ignorante, a un país con apenas 10% de seres alfabetizados y sin un ejército organizado—, tendríamos que asumir que el miedo provenía de quienes gobernaban, de quienes presionaban para gritar “¡quítate tú para subirme yo!”, permitiendo que el naciente imperio yanqui introdujera en el país el ejercicio del miedo que ellos habían concebido en su guerra fratricida y en la domesticación del llamado “salvaje Oeste”, exhibiendo ataúdes con cadáveres, ahorcaduras públicas de patriotas y otras excitantes y macabras formas de sembrar el terror, el más aberrante de los pánicos, en una población que por su falta de temores, se había llenado de generales, capitanes y sargentos de pies descalzos.
Por eso, Trujillo ascendió al poder siguiendo ese trazado de domesticación interna, en donde la tortura era el bautismo abismal para aplastar la conspiración; en donde la escisión de la trama debía ser cercenada desde la parte sana del cuerpo. Y nada mejor para ello que ser temido con la utilización de ese otro sentimiento que, para Maquiavelo, importaba menos: el amor.
Trujillo, uniendo el miedo, el amor y el odio, tejió no sólo en la población civil, sino en su propio ejército, un pánico tal, que la delación en el cuartel era más frecuente que en los parques, que en los establecimientos comerciales, que en las fábricas, hogares y escuelas. Las temibles unidades de inteligencia de las Fuerzas Armadas dominicanas habían comenzado a operar desde mucho antes que el siniestro SIM, ese funesto cuerpo de espionaje que llevó a la muerte a tantas y valiosas vidas dominicanas.
Desde su asalto al poder, en 1930, las primeras encomiendas para fomentar el terror las impuso Trujillo en el ejército, asesinando oficiales y alistados y persiguiendo a otros que se vinculaban a las montoneras de los caciques regionales. El cuartel, así, se convirtió en una prisión donde el miedo —y con él la desconfianza y la soledad— se apretujaban día a día. La psicopatología del miedo en los cuarteles se operaba desde la opresión que ocasiona el flagelo en el instinto de supervivencia y que, tras convertirse en fobia, provoca la acción hacia el crimen.
Al reprimir, el ejército invertía en infernal catarsis todo el miedo acumulado. Y ese fenómeno no sólo aconteció en estos cuarenta y ocho mil y pico de kilómetros cuadrados de esperanzas y fatigas, sino en la extensa Argentina, en el inmenso Brasil, en la exuberante Venezuela, en la bullanguera Cuba, en la frondosa Nicaragua y en el multiexplotado Haití, amén de que Mussolini, Stalin y Hitler, con sus OVRA, SS y KGB, montaban e insertaban sobre sus ejércitos el más macabro de los miedos.

