En un ecosistema dominado por la inmediatez, el escándalo y las noticias duras, el programa Mil Historias ha logrado sostener durante 19 años un discurso basado en la esperanza.
Su creadora, la periodista Judith Leclerc, no solo celebra un aniversario, sino la confirmación de que el periodismo también puede sanar.
A 19 años de su salida al aire, Judith Leclerc aún se sorprende de la dimensión alcanzada por su proyecto. “Yo misma no me lo creo”, confiesa, al tiempo que define este hito como la validación de un propósito mayor, que es demostrar que la esperanza tiene espacio en los medios.
Más que un programa, Mil Historias, dice, ha sido una misión de vida, un canal para impactar miles de personas a través de relatos que iluminan incluso en medio de la adversidad.
La clave de su permanencia no ha estado en seguir tendencias, sino en resistirlas. Leclerc lo resume en dos palabras: perseverancia y coherencia.
Desde sus inicios, entendió que su camino no era competir con el ruido mediático, sino aportar valor. “Cuando una historia es verdadera, no necesita escándalo para conectar”, afirma. Esa convicción la llevó a apostar por la profundidad en un entorno que privilegia lo inmediato.
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Su defensa del llamado “periodismo positivo” es firme. Aclara que no se trata de maquillar la realidad, sino de completarla.

Para Leclerc, informar sin esperanza es contar la historia a medias. En su visión, el periodismo no solo debe narrar problemas, sino también visibilizar soluciones, actos de solidaridad y ejemplos de superación.
“La gente no solo consume dolor, también busca luz”, sostiene, apoyándose en la viralidad de historias humanas que conmueven y movilizan en plataformas digitales.
El mayor desafío, reconoce, ha sido mantenerse fiel a esa visión en un entorno que muchas veces premia lo contrario. Sin embargo, entiende que precisamente esa fidelidad ha sido la mayor fortaleza del proyecto. “Mil Historias no creció siguiendo tendencias, creció siendo fiel a su esencia”, subraya.
Leclerc asegura que el criterio de selección de cada historia sigue siendo el mismo, que tenga alma, que deje huella y que genere un cambio en quien la recibe. “Si no deja algo bonito en el corazón, no es una Mil Historia”, sentencia.
De cara al futuro, el reto es claro, crecer sin perder la esencia. La periodista aspira a que Mil Historias trascienda como una escuela de periodismo con sentido, capaz de inspirar a nuevas generaciones a contar historias que impacten vidas.
Su legado, afirma, no está en el programa en sí, sino en demostrar que es posible hacer un periodismo que sane, levante y transforme.
“Que nadie hable de imposibles”, repite, como mantra y como cierre de una trayectoria que, 19 años después, sigue apostando por la luz.
Transformación de Mil Historias
En cuanto a su evolución, el programa ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos sin perder su identidad. De un formato tradicional pasó a una narrativa más ágil y cercana a lo digital, expandiéndose desde sus inicios en internet, como blog en 2007, hasta consolidarse también en televisión, a través de VTV canal 32, los domingos a las 9:00 de la noche. Hoy, sus historias cruzan fronteras en cuestión de minutos, pero mantienen intacto su propósito: transformar.

