Una vez Trujillo comprobó que Minerva y su familia se habían retirado de la fiesta de San Cristóbal, se enfureció, se comportó enojado, irritado; se vio como un hombre burlado, lo que le llenó de rabia, se puso iracundo. No era para menos. El se encolerizó, estaba ahíto de rabia.
Como narra Dedé en el último párrafo de la página número 111:
El, un todopoderoso, un hombre temido por todos, al que nadie contradecía, por miedo, porque mandaba a matar a cualquiera que se le opusiera, y aparece Minerva, una muchacha, una mujer temeraria, que se atreve a decirle que conquistaría a quienes él mandara a convencerla.
Trujillo manifestó su enojo comenzando por encarcelar, primero al padre y luego a la hija.
A Enrique el lunes 15 y a Minerva el martes, aunque siguiendo las instrucciones del Senador de Moca, Juan Bautista Rojas, le había puesto a Trujillo un telegrama, el domingo 14, excusándose por haber salido de la fiesta antes que él.
En la persona de Trujillo se reunían toda una serie de perjuicios, vicios, bajezas y debilidades propias de los seres humanos mezquinos. En Trujillo quedó fija la idea de lo que había ocurrido en la fiesta de San Cristóbal, desde la respuesta de Minerva hasta el abandono de la fiesta.
Una demostración de lo rencoroso que era Trujillo es que no se limitó a encarcelar a Minerva y a su padre en 1949, sino que en 1951, procedió a llevar a la cárcel a Minerva, a su papá y a su mamá.
Para que Minerva y su familia recordaran que él las tenía presentes, Trujillo, aunque se fue de paseo hacia España, a su regreso, como represalia, impidió que Minerva se matriculara nuevamente en la Universidad de Santo Domingo para continuar sus estudios de derecho.

