Opinión

Mis años en El Nacional

Mis años en  El Nacional

El Nacional de Ahora nos llega como expresión primigenia de libertad post Trujillo. En 1966, cinco años después de la caída de la dictadura, las presiones sociales posibilitaron ciertas aperturas políticas que se hicieron patentes en manifestaciones inéditas para la generación emergente en los 60. La Revolución de Abril estuvo antecedida de las primeras elecciones democráticas -truncadas siete meses después-, luego de tres décadas de opresión. El círculo tiránico no se cerraba hasta entonces.

La sociedad fue formando fila tras las corrientes, tendencias e ideas innovadoras, incluso atrevidas, que encontraron resonancia en las páginas de El Nacional. Su estilo, osado y desafiante, ofrecía un contraste notable frente a medos impresos de línea moderada que lucían más inclinados a conservar el orden social, que no político, prevaleciente.

Contagiados e imbuidos en las fuerzas centrifugas que este cambio provocaba, fuimos abrazando lo que resultara y se hiciera sentir como instrumento y finalidad de la revolución social viviendo y celebrada con entusiasmo. El peligro importaba poco.
En esa, nos acercamos a El Nacional, cuya redacción y administración del Cibao estaban ubicadas en Santiago. Bolívar Díaz Gómez era el corresponsal redactor y Persio Alejandro Pérez Polanco, el administrador.

Ambos nos recibieron amablemente, digo que algo sorprendidos, en sus oficinas en un segundo piso de la 30 de Marzo, al lado del teatro Colón, frente al hotel Mercedes. Es probable que les haya sorprendido ver un muchachito flaco, desgarbado y peludo, con apenas 16 años, interesado en ser corresponsal de El Nacional en Esperanza, pueblo de la Línea Noroeste, a media hora de Santiago. Transcurría el año 1969.

Ser frío, apáticos e insensibles no iba con la dinámica en que El Nacional envolvía a quienes apostaban entonces a su estilo aguerrido y contestatario, puede decirse que provocador y arriesgado.

El primer cuatrienio de los 12 años de Balaguer era altamente riesgoso para el trabajo periodístico. No obstante el ejercicio homérico de este medio informativo era inspirador y contagiante, a pesar de ser un blanco objetivo de la intolerancia que se expresaba en el incontrolable poder militar.

Aprendimos de El Nacional que la firmeza, las ideas, los sentimientos y la razón siempre encuentran salida y constituyen la mayor fortaleza y recurso de expresión en defensa de las libertades públicas, incluyendo la de prensa. En la celebración de sus 50 Años tenemos la dicha de recordar y, en cierto modo, recrear esos ímpetus, con el orgullo de ser actores, testigos de excepción, de sus primeros pasos.

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación