Todos los mitos son falsos. Unos, vacíos e inútiles. Otros, consistentes y aprovechables. Todos, empero, tienen fines ulteriores. Despertar esperanzas o meter miedo, esencialmente. En tanto fantasías, inspiran leyendas.
Creer o no en ellos es igual. Son imponderables. Tal vez, indispensables.
Lo que importa es que nuestra actitud o las decisiones tomadas en la vida reflejen esperanzas, nunca temor.
Es la diferencia entre triunfar o fracasar.
Son apenas puntos de partida.
Entonces, de algo sirven.
Son referenciales o inspiradores. Acaso, ambas cosas a la vez.
Lo que vale es la actitud.
Los positivos triunfan. Tienen la confianza y la fe como norte. Mejor aún, la certeza.
Se dedican, se entregan.
Aman lo que hacen.
Vemos, así, las derivaciones de fábulas inciertas a fabulosas realidades.
Las que se nos antoja experimentar cada día cuando nos dan las ganas de triunfar, y sabemos cómo.
Nada puede ser más objetivo, tozudo y libre.
Y reclamar libertad es sólo prerrogativa de quien es libre, postula Pessoa.
Dura y terca es la verdad.
Determinante y sublime, como la poesía.
La misma que “vive en las calles”, a decir de Lorcas.
La que se mete en nuestras casas, sin pedir permiso.
Se queda con nosotros hasta que nos equivocamos y negamos el origen de esta grande e irrepetible historia.
Como suele ocurrir.

