Por lo menos los embajadores dominicano y haitiano han desplegado un saludable esfuerzo para aplacar las tensiones que han surgido entre los dos países a raíz de los deplorables sucesos ocurridos en el barrio Buenos Aires, de Herrera. Hay que reconocerlo. Sin embargo, por el giro que han tomado los acontecimientos es obvio que para bajar la marea se requiere de algo más que buena voluntad.
Cierto es que la decapitación del haitiano Carlos Nerilus, acaecida el primero de este mes, es un acto salvaje y perturbador. Pero lo que de un tiempo a esta parte se ha visto es que cualquier incidente, por más aislado que sea, cobra fuerza de huracán, con sus naturales secuelas en las relaciones entre los dos vecinos.
A las protestas por la decapitación de Nerilus, que ocurrió en venganza por la muerte de un dominicano en parecidas circunstancias, siguió una burda condena a República Dominicana de Amnistía Internacional por infundados ataques xenófobos y racistas y coincidencialmente un conflicto entre camioneros de ambos países en la zona fronteriza.
Los doctores Rubén Silié Valdez y Fritz Cinéas se han comportado a la altura de dos diplomáticos que buscan aislar diferencias y procurar acercamiento. Ese valioso esfuerzo es saludable y digno de reconocimiento, pues no tienen por qué vivir de espaldas dos vecinos obligados históricamente a compartir frontera.
Duros pronunciamientos y protestas de líderes políticos y organizaciones haitianas indican un malestar demasiado profundo. Amplios sectores de la vecina República piensan que los sucesos de Herrera reflejan odio y discriminación contra sus compatriotas. Se trata de un error que a través de acciones concretas hay que sacar de la cabeza a figuras de la parte occidental de la isla.
A pesar de la normalización del conflicto entre camioneros de los dos países en la zona fronteriza y de la cordialidad en los nexos expresados por los embajadores Silié Valdez y Cinéas lo que se advierte es una calma tensa. De no avanzarse en acciones más concretas en cualquier momento pueden ocurrir nuevos incidentes.
La masiva inmigración haitiana es un problema muy serio para República Dominicana. Eso es así, aunque la solución no tenga que ser por vía constitucional, como con legítimo derecho plantean sectores con mucha influencia política y social. Otros opinan que la salida debe buscarse a la luz de convenios migratorios. Ambos concuerdan, sin embargo, en que el caso tiene que abordarse de alguna manera.
Y lo cierto es, que sin jamás caer en violaciones de la dignidad humana de los inmigrantes haitianos, el problema tiene que abordarse para poner fin a años de conflictos y tensiones por cualquier simpleza. Los embajadores de ambos países han adelantado pasos importantes en ese sentido.

