Articulistas

Navidad

Navidad

Muchos critican que con tantos problemas de toda índole la gente se desplace en masa hacia las tiendas, a comprar luces, bolas, arbolitos, y Santas.

Criticar es no entender la necesidad de volver a la infancia, un tiempo definido por la espera, cuando los meses parecían interminables e interminable el arribo de la Navidad.

No eran solo los aguinaldos, que de madrugada recorrían las calles; el té de jengibre que se les brindaba, la tela para el vestido que cada Navidad nos hacía la modista para la Nochebuena, el imaginarnos los regalos que nos dejaría el Niño Jesús. Era la transformación de la sala en un pequeño pueblo de Palestina que se llama Belem, donde en un pesebre, entre vacas y mulos, habría de nacer el hijo de Dios.

Con papel de funda se forraban cajas convertidas en montañas, que luego se cubrían con escarcha verde. Los árboles se construían con ramitos secos y el follaje con algodón, y los ríos y lagunas con pedazos de espejos, o con espejitos circulares, donde nadaban patos y aves de todos los colores.

Antes, había que construir las casitas, que también se forraban y se cubrían con tierra seca, asegurándonos de que tenían abiertas puertas y ventanas para, por la parte abierta de atrás, introducir los bombillitos que en la noche convertirían a Belem en una ciudad iluminada.

Un vez colocadas montañas y casitas y arboles, con sus ríos y charcos respectivos, se procedía a la construcción del pesebre y la colocación de los tres reyes, los pastores, sus ovejas y cabras, María y José y desde luego la cunita del niño, llena de paja, donde a él se le colocaba justo la noche del 24, porque en esa noche habría de nacer.

Esa construcción podía llevarnos varios días y ahí radicaba la alegría e ilusión de la Navidad, que ahora se amplía a los barrios con concursos para premiar las decoraciones más originales e ingeniosas, un proceso parecido a las Escuelas de Samba del Brasil donde toda una comunidad se involucra, en la manufactura del vestuario y carrozas, para el gran desfile y se desarrolla un espíritu de alegría comunitaria extraordinario.

Ahora que el celular y los videos -juegos compiten para hacer de nuestra infancia un ejército de zombis que no comparte, no juega, no conversa, no crea, hay que esconder el celular, los video -juegos para construir con la infancia una Navidad que habrán de recordar mientras vivan, donde ellos decoren el árbol, diseñen y coloquen los adornos y se sientan arquitectos de la alegría, de la ilusión, dueños de un tiempo en la vida que alguna vez recordaran con nostalgia y sin tarjetas de crédito.

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación