Informes recientes de la Organización Mundial de la Salud (OMS) han advertido de la especial vulnerabilidad de los niños a la exposición de sustancias químicas durante las distintas etapas del crecimiento.
La pubertad precoz o por contra, el retraso en la maduración sexual serían algunas de las consecuencias.
El informe no desdeña la influencia de estas sustancias tóxicas que favorecen la fijación de grasas, pero se muestra cauto: «Hay estudios en marcha pero están aún inmaduros para sacar conclusiones».
Establece la necesidad de que se corrijan en la industria alimentaria prácticas del pasado basadas en añadir estrógenos a los pollos y a la carne.
El niño con pubertad precoz, más bien la niña, vive «una discrepancia entre el desarrollo somático y hormonal que aflora y el desarrollo cognitivo de su edad cronológica», explica María Jesús Mafantil del hospital Gregorio Marañón.
Sin embargo, la doctora Mardomingo es clara: «No se ha establecido una relación entre pubertad precoz y psicopatología.
Se trata de un trastorno hormonal, pero no entraña mayor riesgo psicológico posterior». De cualquier modo, «puede haber problemas de relación con el grupo, algo importante de cara a la afirmación personal de la niña.
Y quizás extrañeza ante sí misma, ya que en la niña el proceso de maduración es más visible», añade.
El adelanto de la pubertad suele relacionarse con la puesta en marcha del interés sexual, pero «éste está medido y compensado con otros factores.
El estallido hormonal no implica necesariamente un repunte de la libido a edades tan tempranas: depende de la educación, el carácter de la niña, de su madurez psicológica y otras circunstancias.
No hay paralelismos», subraya Mardomingo. «Los rasgos morfológicos y los cambios físicos sí empujan en algunos casos a quemar etapas», pero la mayoría mantiene sentimientos e intereses infantiles.
¿Quién me ha robado la infancia? ¿Por qué tengo que vestirme de mayor y ser coqueta? se preguntan algunas niñas. «Quiero jugar», insisten.
No todas reaccionan igual. La actitud de estas niñas-jóvenes ante los cambios que les ofrece el espejo es diversa.
Algunas pisan el acelerador y comienzan a comportarse como preadolescentes en potencia: quedan con las amigas si se lo permiten sus padres, van juntas de compras, deciden que jugar es cosa de niñas pequeñas y empiezan a hablar de depilatorios y brillos de labios.
Otras encorvan los hombros para esconder sus formas, viven pasivamente estos cambios, buscan compañeros de juegos más pequeños y no sienten interés por pasarse a la moda juvenil. «Que dure», dice la madre de una de estas últimas.
María Jesús Mardomingo opina que al margen del adelanto objetivo de la pubertad, hay una tendencia social o de márketing a acortar o escamotear la infancia. «Se viste a las niñas de doce años como si tuvieran 18 años». Todo se confabula para ir deprisa. Volver atrás es ya una utopía.
No hay que olvidar que, pasada la primera regla, la talla suele aumentar entre cuatro y siete centímetros. Una de las paradojas que experimentan algunas de estas niñas que viven con cierto pudor ser las más altas de su clase durante uno o dos cursos, es que al final pueden quedarse con una altura por debajo de sus expectativas.
«Los profesionales tenemos la idea clara de que las niñas maduran más tempranamente que hace 30 o 40 años», afirma el doctor Manuel Pombo.
Este especialista remite a un estudio de 1997 realizado en Estados Unidos por la doctora Marcia Herman-Giddens, que reunió datos de 17.070 niñas de edades comprendidas entre los 3 y 12 años.
«El estudio concluía que el 37,8% de las niñas negras y el 10,5% de las blancas de 8 años habían iniciado su desarrollo mamario». Curiosamente, «la media de la edad de la menarquia para las niñas blancas era de 12,8 años y para las negras, de 12,1 años, no tan alejadas de la que se viene dando en nuestro medio», añade Pombo.
Algunos estudios relacionan la pubertad temprana con el aumento de la obesidad. «Las niñas con sobrepeso tienden a madurar antes que las otras», recuerda.
