El tratado de extradición con Estados Unidos se ha convertido en un modelo de sumisión y entreguismo. Con contadísimas excepciones, quizás para guardar las apariencias, el acuerdo sólo funciona en una dirección: de aquí para allá.
Estados Unidos no tiene más que pedir por su boca para, como en el caso del supuesto capo Ernesto Guevara Díaz (Maconi) y muchos otros que avergüenzan, se le complazca en menos de lo que canta un gallo.
No puede ser más pueril el alegato de que los tratados internacionales están por encima de las leyes nacionales. Si es así, la soberanía, al menos en el caso de República Dominicana, se reduce entonces a un vacuo y ofensivo formulismo jurídico.
Basta con requisitos mínimos para que la Suprema Corte de Justicia autorice la extradición a Estados Unidos hasta de algún inocente. Esa sumisión confiere a las solicitudes el mandato de una orden.
No es verdad que sean culpables todos los pedidos en extradición . Pero todavía lo sean la Justicia no toma en cuenta que se trata de dominicanos y ni siquiera parece importarle, como a ningún otro estamento, la suerte de esos compatriotas y sus derechos en Estados Unidos.
Cualquiera, como en el caso de Maconi, es pedido en extradición por lo que a los yanquis les venga en gana, sin que por aquí nadie sea capaz, tal vez por miedo o alguna otra razón, de requerir pruebas o las más absolutas garantías. Maconi ha sido simplemente el último eslabón de una cadena vergonzosa, que al amparo de cuestionados tratados internacionales reduce la soberanía a una horrorosa mueca. Que sea responsable o no de los hechos que se le imputan no es lo que está en juego, sino la hiriente sumisión frente a Estados Unidos.
Una solicitud de extradición es un baldón por el entreguismo que se ha observado. Las víctimas hasta ahora ha sido gente implicada en narcotráfico y otros delitos, pero mañana pueden ser políticos y empresarios desafectos a Estados Unidos. El pasado está muy presente como para que pueda olvidarse.

