El cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez puede dormir tan tranquilo como un lirón con la seguridad de que bajo ninguna circunstancia se legalizará el aborto y muchísimo menos se aprobarán los matrimonios de homosexuales. No tanto por papeles tan comprometedores como asumir la defensa del Gobierno frente a la censura de Estados Unidos contra la corrupción, el narcotráfico y la violación de los derechos humanos, sino porque nadie, y no precisamente por temor a lo divino, quiere problemas con el líder de la Iglesia Católica.
Ni los sectores más progresistas dentro del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) se atreven a entrar en contradicción con su Eminencia Reverendísima, y menos por un tema de tan poco capital político como el aborto. Y todos saben que la Iglesia ha manipulado el debate sobre la interrupción del embarazo, presentándolo como si se fuera una carnicería, cuando en realidad de lo que se trata es de un recurso extremo. Una suerte de mal menor.
Pero la oposición del Cardenal, que no es lo mismo si fuera la Iglesia, no admite réplicas. La ciencia ha aportado muchos medios para prevenir los embarazos, entre los cuales no figura impedir, verbigracia, una violación. En esos casos los pudientes no tienen problemas, disponen de todos los medios para evitar el parto, pero las pobres tienen que cargar con el trauma y la vergüenza.
A diferencia de otras naciones que han legalizado la interrupción voluntaria durante los primeros tres meses de gestación, lo que se ha planteado por aquí es actualizar la legislación para legalizar los abortos en los casos de peligro para la vida de la madre por malformación del feto. Peor es, como ocurre hoy, que las mujeres tengan que hacerlo de manera clandestina, poniendo en juego su existencia por las precarias condiciones.
Matrimonios homosexuales ni pensarlo. Es más ni siquiera con todo y la libertad de creencia y de empresa no se puede ni pensar por estos lares que se permita letreros en guaguas al estilo Londres y Barcelona tales como probablemente Dios no existe, deja de preocuparte y disfruta la vida. Personalmente no creo que vengan al caso, pero los ingleses y españoles sabrán por qué han apelado a la polémica promoción.
Si dos hombres o dos mujeres deciden mantener o legalizar una relación no creo que haya ningún impedimento. Cada quien elige su estilo y su forma para disfrutar los placeres de la vida y sentirse felicidad. Condenarlo es interferir en los sentimientos de los seres humanos, que se suponen sagrados. Todas las legislaciones lo consagran, menos el catolicismo.
El Cardenal puede estar tranquilo, porque en la reforma constitucional que promueve el presidente Leonel Fernández se podrá aprobar hasta juicios sumarios contra los que no tengan medios para defenderse, pero jamás la legalización del aborto ni los matrimonios homosexuales. No importa que la reforma se defina como progresista y moderna.
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