Líderes e instituciones expresan alarma por el auge del narcotráfico y llegan a advertir que ese flagelo ha colocado a la República al borde del caos, pero sin levantar un auténtico diagnóstico sobre causas reales por las cuales ese mal se expande por todo el tejido social de la nación.
El foco de atención en torno al tráfico de drogas han sido su infiltración en nichos de las Fuerzas Armadas y de la Policía, aunque prevalece el temor de que también haya infectado en mayor o menor proporción a otras instituciones del Estado y de la sociedad.
Puede decirse que en términos formales, autoridades represivas y judiciales procuran frenar el avance del narcotráfico y crímenes conexos, pero esa tarea se asemeja al propósito de desaguar al mar con el uso de un gotero.
El narcotráfico internacional posee capacidad logística y económica para multiplicar por setenta veces siete los casos de homicidios, ejecuciones, secuestro, fugas y lavado de dinero que hoy agobian a la población.
Es por eso que se requiere que ante el auge de ese crimen de lesa humanidad, la sociedad toda procure mirar más allá de la curva del camino a los fines de poder cercenar todas las cabezas de ese monstruo.
Además de las quejas por indiferencia, negligencia, temor, venalidad o complicidad de actores e instituciones, debería señalarse causas mayores que promueven auge y expansión del narcotráfico.
Hay que señalar como causa primigenia de ese mal, la escasa vigilancia que mantiene Estados Unidos sobre el corredor marítimo y aéreo entre el Caribe suramericano y la isla Hispaniola, lo que permite el ingreso a Haití y República Dominicana de miles de toneladas de cocaína, cuyo destino es Estados Unidos y Europa.
¿Cómo afrontar el narcotráfico si no se corta la relación entre Suramérica, gran productor, y Estados Unidos, gran consumidor?
Hay que exigir a Washington provisión de recursos y tecnología para impedir que los narcos usen esta isla como puerto de trasbordo de drogas hacia ese gran mercado de consumo.

