Opinión

No vamos, llegamos

No vamos, llegamos

Tras el surgimiento de la sorpresa de ocasión, la pregunta brota de forma espontánea: “¿Hasta dónde vamos a llegar”? La interrogante revela un desconocimiento, el de que la sociedad dominicana acusa un grado de descomposición desde hace mucho tiempo y esta ininterrumpida sucesión de atrocidades no hace más que estrujarlo en la cara de aquellos que, por mantenerse en el umbral de complicidad, han preferido eludir.

 Este país no está transitando hacia ese escenario apocalíptico que nos produce pavor. Todo lo contrario, su aquí y su ahora, desde un pasado que se ha hecho remoto, se caracteriza por una situación de generalizada putrefacción, en la cual, la doblez, la falsía, la simulación y la mentira, han impuesto sus reales, convirtiéndonos en un polvorín de riesgos, donde ni siquiera los beneficiarios materiales principales de tanto engaño pueden exhibir un escudo invulnerable de seguridad. Es un gran charco de agua fétida en el que todos estamos expuestos a naufragar.

 Algo de bueno ha tenido esto, ha hecho trizas los retorcidos esfuerzos por convencernos de que la delincuencia se reduce a robitos famélicos desde la parte trasera de un motor destartalado; al arrebato brusco de un objeto para saciar una abstinencia desesperada por un pitillo de marihuana o al sargentito extorsionador de la prostitución callejera.

 No, hoy tenemos pruebas irrefutables de que miles de kilos incautados o “no descubiertos”; múltiples trasiegos de cargas prohibidas; millones de dólares tirados al descuido incluso en vehículos de lujo; fugas espectaculares; escondites mágicos; llamadas telefónicas burlescas y torres de ensueños que alojan señuelos, no son posibles sin la participación de los más elevados estamentos de un poder que, al unísono, finge sin éxito su persecución. Que conste, lo sabido sólo es una partecita de un total de cifras con hileras de ceros.

Lo más interesante: ¿Cuáles factores determinaron que los escándalos repercutieran? ¿Se quebró la cadena de complicidad? ¿Hay división en los organismos encargados de prevenir y combatir estos hechos? ¿Circunstancias supra nacionales han sido decisivas para hacer surgir estos expedientes? ¿Sin la acción de autoridades extranjeras, hubiésemos conocido algunos casos?

 Esos cuestionamientos podrán ser o no respondidos. Sus respuestas irían en una u otra dirección. Lo que sí es posible y necesario es saber, para siempre, que estamos mal, que llegamos donde temíamos, que este proyecto inconcluso de nación lo han convertido en un apestoso mercado de inmundicias que genera sumas fabulosas de muerte e indignidad.

El Nacional

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