Nuevamente, como cada dos años, vuelve a cobrar fuerzas el debate sobre el aumento de sueldos en el sector privado. Con el agregado de la Reforma Fiscal es probable que esa sea finalmente la excusa de uno y otro lado para sostener las mismas posiciones de siempre, los sindicatos solicitando mayores aumentos porque sienten que los nuevos impuestos han afectado su poder adquisitivo, y los empleadores rechazando aumentos significativos justo porque la reforma ha afectado la rentabilidad de sus negocios.
Al final se darán muchas vueltas y terminaremos en las mismas de todos los debates anteriores sobre esto, tendremos un aumento salarial de 12% o menos, y únicamente para el salario mínimo.
Las discusiones anteriores sobre los aumentos de sueldos han sido consistentes en producir ajustes consecuentes con la inflación acumulada desde el último aumento, y solo aplicable al salario mínimo. Nada luce diferente este año como para que se obtenga algo mejor a ello.
Si es el deseo de las clases trabajadoras tener acceso a salarios más dignos, o que al menos cubran la canasta básica, ciertamente estos deberán abandonar la búsqueda del aumento general de salarios como la via. No solo es improbable negociar algo así, sino que aún en el caso de que algo de esa envergadura se acuerde, al final pudiera ser más dañino que beneficioso para los trabajadores que pretenden beneficiar.
La solución de dedillo, o sea por via de una ley u orden que dictamine los nuevos salarios en toda la economía, han demostrado ser un desastre para los países que lo han intentado como Venezuela y Argentina. Hoy ambos países sudamericanos están sumidos en una espiral inflacionaria que está destruyendo todo el poder adquisitivo de sus habitantes, provocando escasez de productos en sus mercados, y ahuyentado la inversión.
Por su lado tenemos el caso de China, Brasil y México que han visto un aumento real de los salarios para toda la población por via de más oferta de empleo por el incremento sostenido de la inversión local y extranjera en nuevos emprendimientos, que al mismo tiempo han hecho crecer sus economías.
Los sindicatos gozan de una influencia importante en la toma de cierta decisiones. Pero estos deben comprender que gastar sus municiones en un debate que de antemano se sabe que será poco productivo, solo incide para mostrarles como incapaces de producir resultados palpables frente a la clase trabajadora que representan. Puede que sea tiempo que estos enfoquen sus cañones en otras direcciones, que aunque no generen titulares como el eterno lloriqueo por mejores sueldos, ciertamente serían más efectivas en producir lo que al final buscan; una mejor remuneración del trabajo.
Sería refrescante ver al sector sindical involucrado en los debates sobre competencia y competitividad, apertura y seguridad jurídica de la inversión extranjera, una mejora en el ambiente de hacer negocios y mayor flexibilidad laboral en República Dominicana. Podrían sorprenderse con los resultados de ese esfuerzo.

