Cuando Barack Obama escogió como jefe de gabinete a Rahm Emanuel, el hombre que en el año 2003 dirigió la elaboración y publicación de una carta en la que sionistas radicales acusaban a George W. Bush de dar a Israel apoyo insuficiente, dejó claro que la naciente administración daría continuidad a la política hacia el Medio Oriente aplicada por sus antecesores.
Rahm Emanuel sirvió como voluntario al Ejército de Israel en 1991, y George Bush (padre) lo premió (aunque es ilegal en Estados Unidos servir a un ejército extranjero). Bill Clinton le confió al sionista las finanzas de su campaña en 1992.
Dado que Barack Obama inició su gestión premiando también al soldado, no causa asombro que en su discurso del pasado jueves expresara: Nuestro compromiso con la seguridad de Israel es inquebrantable. Y nos mantendremos firmes ante los intentos de dirigir toda crítica hacia Israel en foros internacionales. Pero precisamente debido a nuestra amistad, es importante que digamos la verdad: el status quo no es sostenible, y por lo tanto Israel también debe ser audaz en sus acciones para avanzar una paz duradera.
Queda claro que la discusión (hoy comentada en los medios) entre Obama y el ultraderechista primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, es un juego de palabras iniciado por Obama, quien, sabiendo que Netanyahu no acepta salida negociada, asume la orientación del manejo mediático del tema.
Al hablar del Medio Oriente y África del Norte, Obama utilizó clisés sobre el compromiso con la democracia, y anunció la asignación de recursos millonarios a planes de comercio y de inversión dirigidos a adaptar a la coyuntura el dominio imperialista sobre la economía regional.
Es parte de la readaptación del esquema de dominación global. Obama no pretende excluir a Netanyahu, solo quiere lavarle el rostro. Sigue apañando la masacre contra los palestinos e intentando negar la responsabilidad del poder estadounidense… Crónica de una promesa convertida en estafa.

