Barack Obama declara que Afganistán no es Vietnam, pero no logra con ello ocultar que es el predecible costo político lo que determina el retraso en su decisión de autorizar un nuevo reforzamiento de las tropas en Afganistán.
A pesar de que, siendo candidato, coincidió con su rival, el republicano John McCain, en la idea de que Estados Unidos debía enviar más soldados a Afganistán, Barack Obama obtuvo la presidencia presentándose como opción de cambio.
Por eso, revflexiona y consulta. Busca algún recurso para dosificar el envío de otro grupo, que se sumaría a los de 17 mil y 4 mil que ya autorizó, aumentando en más del 41% las tropas. Trata de que no sea traspasada a su figura la impopularidad que hoy tiene la guerra en Afganistán (una encuesta la sitúa en más del 57%) entre la población estadounidense.
El comandante Stanley A. McChrystal, el Jefe de Estado Mayor Conjunto, Michael Mullen, y el secretario de Defensa, Robert Gates, igual que la secretaria de Estado, Hillary Clinton, entienden que el reforzamiento de las tropas es necesario.
Es un equipo cuyos integrantes han asimilado la doctrina de la guerra preventiva y habría que ver hasta qué punto estarían dispuestos a postergar ciertos proyectos en aras de preservar la popularidad del Presidente.
Tras la invasión a Afganistán, George W. Bush dijo que la guerra sería larga. Lo reiteró después de la invasión a Irak en el año 2003, y en agosto del 2007 proclamó que las tropas estadounidenses sólo abandonarían la acción bélica cuando obtuvieran la victoria. Hoy, es obvio que los estrategas de ultraderecha pusieron en su boca esas frases para advertir al mundo que ese sector haría lo necesario para conservar el poder acumulado en décadas.
Obama, siendo candidato, se comprometió a dar continuidad a la guerra, el gran negocio de la oligarquía petrolera, armamentista y saqueadora. (Continuidad es lo preciso, no sólo continuación).
Eso explica el despliegue militar. Las siete bases en Colombia y el mantenimiento de la IV Flota en aguas de este continente no son hechos casuales. Más grave aún, indica que la amenaza continúa y los proyectos de agresión perduran. Afganistán es un escenario de guerra, heredado, pero no es el único escenario de agresión.
Obama proclama que el momento histórico es diferente al de 1968, pero trata de evitar ser sepultado políticamente como lo fue Lyndon B. Johnson. La ultraderecha que torpedea las reformas sociales dentro de Estados Unidos, logró poner su sello en la política exterior actual. Lo convirtió en personero de la guerra. Y no es posible predecir hasta cuándo serán eficaces los recursos que usa para evitar que esa condición destruya su figura política. No se trata sólo de Afganistán, hay que hablar de crisis.

