Opinión

Orlando Haza, in memoriam

Orlando Haza, in memoriam

Conocí a don Orlando Haza desde que tenía cinco años de edad, aunque él me conoció a mí cuando aún yo no había nacido. Mi madre, Asela Mera, era  diabética y tuvo dificultades en sus embarazos, y, antes de yo nacer, hubo, lamentablemente, dos embarazos fallidos.

Cuando mis tíos médicos, Pedro Jorge Blanco y Raúl Martínez, les notificaron a mis padres que el tercer embarazo de mi madre tenía altas probabilidades de ser exitoso, hubo plena alegría en mi casa. Mi padre, Salvador Jorge Blanco, meticuloso y disciplinado, se encargaba del seguimiento diario, midiendo los niveles de azúcar y de alimentación de mi madre durante todo el proceso.

Los médicos solo señalaron que existía la posibilidad de que el embarazo fuese sietemesino, por lo que había que tomar algunas previsiones, tales como la de buscar una incubadora. Para la fecha, es decir, año 1966, en Santiago, la clínica Corominas no tenía incubadoras. Por eso, mi padre le solicitó a don Orlando Haza que le hiciera el favor de conseguir una incubadora.

La anécdota, contada por el propio don Orlando, es muy interesante, pues, al principio, don Orlando creyó que era una incubadora para pollos, y no para niños recién nacidos. Ahí fue cuando él se enteró del embarazo de mi madre, y obviamente, de mi existencia. Y don Orlando cumplió la misión asignada por mi padre, y llegó a Santiago con la incubadora, que también fue utilizada para el nacimiento de mi hermana Dilia Leticia, cuatro años después.

Cuando me enteré del fallecimiento de don Orlando, este episodio vino a mi recuerdo. Su amistad con mis padres, en las buenas y en las malas,  es símbolo de su talante: padre y esposo ejemplar, profesional de la ingeniería con reconocida reputación, servidor público honrado y pulcro, y sobre todas las cosas, extraordinario ser humano.  Don Orlando Haza, descanse en paz.

El Nacional

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