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Requiem para el parque Sánchez de San Juan  de la Maguana

Requiem para el parque Sánchez de San Juan  de la Maguana

4 de julio, pero del 1861, fueron apresados en El Cercado y fusilados San Juan de la Maguana, el prócer Francisco del Rosario Sánchez y un grupo de patriotas que lo acompañaron en una incursión al país en junio de 1861, para luchar contra la Anexión de la República Dominicana a España.

El parque Sánchez de San Juan ha muerto. Aquel que acogió nuestras correrías y donde soñamos nuestros primeros sueños de infancia y juventud.

Donde íbamos a las retretas de los domingos a darle vueltas a la glorieta y al mundo mientras crecíamos conversando sobre “El hijo de King Kong”, la última película que vimos en la matiné del Cine Antonieta.

Ese que acogió a Beltrán el limpiabotas y a los muchachos de los barrios que íbamos a  esperar que cruzara la dueña del cine, joven radiante y de origen árabe, nada más para mirarla; y a escuchar las marchas militares, La Marsellesa, la Lili Marleen, la música instrumental de Paul Mauriat, las melodías de Raymond Lefévre tocadas por la banda de música que dirigieron indistintamente Carias Lavandier, Plinio Pietrera, Plinio Félix.

Ese parque ha muerto.

Lo mataron para darle paso a uno nuevo sin los enormes laureles que tenían más de 500 años; ahora será más bonito, con luces de colores, más sol, menos sombra y mejores adoquines, con mármol importado. No más esos laureles odiosos que echan raíces y levantan mosaicos.

¿Quién lo mató?  El serrucho eléctrico y el hacha criminal.

Perdió la vida mientras dormía. No tuvo tiempo para ver el sol por última vez, ni para pedir piedad a quien apretaba el arma homicida.

Fui a acompañar su catafalco pero se lo habían llevado. Busqué la estatua de Sánchez, el fundador de la República, y estaba hundida de cabeza en un pozo. Otra está en camino para suplantarla. Quise conversar con los 20 compañeros que fueron condenados con él, y estaban ahogados en el fango y el barro. 

Entonces busqué la sombra de un árbol para sentarme a llorar y no la encontré porque también los habían matado. No hubo piedad.  ¿Por qué?  Dañaban el piso de ladrillos y serán sustituidos por la especie llamada “gri gri”, más adaptable, menor crecimiento.

Me sentí impotente, miserable y triste. No sabía qué hacer, quise pedir auxilio, pero no supe a quién llamar y que además me respondiera el teléfono, no encontré a dónde ir, y entonces me senté sobre un tronco, lo poco que quedaba de esa arboleda que yo adoré. Estuve desanimado y me puse a llorar.

Entonces me rodearon las palomas y lloraron conmigo por la destrucción de sus moradas.

Los árboles de este parque, cortados ayer, eran los únicos testigos presenciales del fusilamiento del padre de la patria, el hijo de Olaya del Rosario y Narciso Sánchez, sobrino de María Trinidad, la primera febrerista y primera mujer mártir.  

Árboles testigos de la historia y del paso de los tiempos. En 1605 vivieron las Devastaciones de Osorio, en 1773 la refundación de la ciudad.

En 1801 resistieron la afrenta invasora de Toussaint Louverture cuando ocupó Santo Domingo. En 1805 sobrevivieron al horror de Dessalines cuando ordenó el degüello de los niños de Moca. 

En 1863 vieron cabalgar a Ulises Heureaux Lilís cuando siendo un joven defendía la patria contra España, y fueron testigos de su loco amor con Juana Ogando, la hermana de Timoteo. Vieron la Guerra de la Restauración,  la de los Seis Años y la Guerra Patria del 1965.

Sobrevivieron al ciclón San Zenón, al huracán Georges, al David, a Federico. Todo lo vieron y resistieron. Ayer, el destino decidió que debían morir, y murieron. No de muerte natural, sino de mano armada.

El hacha acabó con sus troncos. ¿La razón? Me dijo el arquitecto de la ciudad que dañaban el piso de ladrillos y que sembrarán otros mejores.

Adiós, árboles antiguos. Tantos años en nuestras vidas.

Para consuelo de las palomas, se les construyeron cárceles que parecen juguetes. Ahí, prisioneras, tendrán que vivir sin nidos.

El Parque Sánchez de San Juan ha muerto.

Y yo, cada vez que vuelva a este lugar que me vio correr descalzo, lloraré por los árboles, pero estaré orgulloso de ellos, porque murieron de pie, como vivieron. 

El autor es poeta.