Desde hace un buen tiempo la participación de los partidos políticos no se siente en los movimientos que han estallado en diferentes barrios, comunidades y regiones en demanda de reivindicaciones sociales y económicas.
Tal parece que no comparten el método de lucha o las propias reivindicaciones, la mayoría de las veces relacionadas con promesas incumplidas para la construcción de obras prioritarias o contra la corrupción. Ni siquiera en el gran sentimiento nacional que reflejó la demanda del 4% para educación se notó, salvo casos aislados, ese gran interés al menos de los grandes partidos políticos.
Que las protestas se organicen y realicen al margen de las formaciones políticas tiene su significado. Puede pensarse que los partidos y sus líderes no son necesarios para que las comunidades ni los diferentes sectores expongan sus necesidades. Con la dimensión alcanzada por la sentencia del Tribunal Constitucional sobre la nacionalidad, la cual de una u otra forma ha contado con la aprobación de los grandes partidos políticos, ha quedado demostrado que la influencia de esas entidades ha perdido peso.
Las dos o tres voces que la han cuestionado han tenido tanto eco en la población como los llamados a movilizaciones formulados por grupos identificados con las necesidades de sus comunidades. Se trata, pues, de indicios muy reveladores de que la sociedad civil ha pasado a ocupar el lugar de los partidos tradicionales en la lucha por la solución de problemas y contra lacras que afectan las condiciones de vida de las grandes mayorías. La experiencia que se vive es muy elocuente y apunta a que si los partidos políticos no sintonizan con las expectativas y necesidades de la población terminarán por perder el espacio de que han disfrutado. En parte por ese papel que ha pasado a jugar es que la sociedad civil y sus representantes irritan tanto al poder político.
Luis Pérez Casanova
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