La ciudadanía, que de una u otra forma financia las operaciones de los partidos políticos, tiene que estar más que atónita frente al desagradable espectáculo protagonizado por esas organizaciones tanto en lo concerniente al proyecto de ley para regularlas que se debate en las cámaras legislativas como en la rendición de cuentas de los fondos que reciben para sus actividades.
Que la Junta Central Electoral (JCE) tuviera que amenazar con la retención de los recursos que otorga el Estado a los partidos, en función de la ley 275, porque no han presentado el informe financiero es de por sí una afrenta que sólo se explica por la debilidad del sistema institucional. Deja por demás bastante que desear que las entidades sobre las que cae la responsabilidad de administrar el Estado no sean capaces de ni siquiera tener su casa en orden.
Si los partidos no cumplen con la rendición de cuentas, mucho menos lo hacen con la distribución de los recursos. De acuerdo con la JCE, el 20% debe destinarse a capacitación durante los años electorales; el 50% para las campañas y el restante 30% para gastos administrativos.
En los períodos no electorales, el 35% es para procesos internos; el 20 para capacitación y formación y el 45 para asuntos institucionales.
A pesar de lo grave, la violación de la Ley Electoral no es todo.
La discusión del proyecto de partidos ha puesto de manifiesto la irresponsabilidad de formaciones tan protagónicas como el oficialista Partido de la Liberación Dominicana (PLD), incapaz de fijar una posición, como la anarquía, que tan mala imagen proyecta de su estructura interna, en el Partido Revolucionario Moderno (PRM), la principal fuerza opositora del país.
El caso del PRM ha sido más lapidario. Después de acordar su respaldo a las primarias cerradas y simultáneas uno de sus principales líderes, el expresidente Hipólito Mejía, se rebeló contra la decisión bajo el alegato de que se tomó al vapor, además de que no se le consultó. Si bien Mejía se ha identificado siempre con el mecanismo de las convenciones abiertas también se tiene que recordar su compromiso de que, como buen soldado, se acogería al mandato de la organización.
Más en el PRM que en cualquier otro partido las contradicciones plantean una crisis interna que desafía la unidad y la disciplina. La opinión pública, digna de un mejor espectáculo, está ahora más atenta a la manera en que el partido opositor encarará el conflicto ante un proyecto da señales de que tiene el camino cada vez más despejado.
Los partidos saben que tienen la sartén por el mango y por tanto suele importarles un comino el criterio de la opinión pública. Pero han de saber que el modelo que tejen con sus acciones también puede, en el peor de los casos, conducirlos al abismo.

