Oquendo Medina
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Sin que fuese percibido por los estudiosos de la política, en el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) se estaba engendrando un nuevo líder con estilo y personalidad que perfectamente encajaría con las exigencias de los nuevos tiempos, en donde el fenómeno de la globalización obligaba a cambios fundamentales en el ámbito político, económico y social.
Efectivamente. Al doctor Leonel Fernández le correspondería convertirse en el protagonista de ese liderazgo emergente que estaba creciendo dentro de la organización morada, teniendo en su aval el hecho de que ya había sido compañero de boleta del profesor Juan Bosch en las elecciones de 1994.
Que eso fue lo que pasó en 1996. Cuando el PLD participó, por primera vez, en el certamen electoral sin la presencia de Bosch como candidato presidencial.
Lo que la sociedad dominicana no observaba de manera clara en ese momento era que el destino político le tenía guardado, a ese hombre que desde el principio quedó hechizado por los planteamientos y análisis que hacía su maestro acerca de la problemática nacional e internacional, un sitial en donde sólo pueden llegar muy pocos líderes cada 30 ó 40 años: a la obtención de un sólido liderazgo político tanto dentro como fuera de su país de origen.
En definitiva, el debate no puede centralizarse en cuál de los dos es el mejor; eso jamás. Peña Gómez fue poseedor de virtudes y defectos, de fortalezas y debilidades, experto encantador de masas; lo mismo ocurre con Leonel Fernández.
Mientras Peña Gómez supo levantar la bandera del antibalaguerismo para fortalecer su liderazgo en lo nacional. Leonel Fernández, gracias a su prudencia manifiesta y paciencia de Job, dejó a un lado la bandera de los anti, para entonces concentrar sus esfuerzos en la construcción de un liderazgo basado en las nuevas tendencias que el siglo XXI le colocaba en sus manos: concertación y unidad de la mayoría de las fuerzas vivas de la nación para así convertirse en el líder político que es hoy día.
