Es cierto que no se puede vivir del pasado, retenerse en él, ni añorarlo, pero quien no se detiene en las lecciones dejadas por los acontecimientos del tiempo que se fue, está incapacitado para asimilar sus experiencias, asumir el presente con mayor fortaleza y aguardar el porvenir mejor preparado. Los días idos son un espejo al que hay que volver con ojos críticos para trascenderlos.
En el reciente discurso del Presidente Danilo Medina ninguna frase fue más elocuente que aquella en la que solicita que no se lancen piedras hacia atrás y que estas se conviertan en ladrillos para construir el futuro. Olvida que esas dos pretensiones no son excluyentes por el carácter complementario de los propósitos de ambas actitudes. Su anhelo más elevado sería que su gestión pudiese llevarse a cabo sin la sombra lúgubre de un pasado que sabe ominoso, pero al que no puede exponer en toda su magnitud sin arriesgar su propia coherencia y estabilidad. Se trata de un tiempo que no puede borrar. Ni en lo malo ni en lo bueno.
La alocución hay que evaluarla a partir de su vinculación con el contexto y las circunstancias en los cuales Danilo Medina ha decidido ejercer el poder. Sin los compromisos apabullantes en los cuales incurrió con el liderazgo mayor de sus antecesores, se tornaba muy difícil su ascenso a las escalinatas de Palacio y él decidió asumir las consecuencias, agradables unas y no tanto otras, que eso conlleva, quizás con la íntima esperanza de que en el camino pudiese ir acomodando tan pesada carga. Las cosas, sin embargo, no han salido fáciles.
El primer mandatario, al hacerse cargo del poder tenía dos opciones diferenciadas: Procurar un robusto apoyo social en ese amplio segmento poblacional sin ataduras con la tradición política, para hacer los cambios que la nación precisa, lo cual implicaba una fricción ineludible con su base natural de sustentación y diferenciarse del partidarismo agotado. La otra era intentar, casi como manifestación de ilusión, que el pasado saliera indemne ante las exigencias de justicia de gente que muestra hartazgo por tanto engaño y apostar a que se juzgara su gestión a partir de su exclusiva cuota de responsabilidad. En esa canasta puso sus huevos y hoy cosecha parte de su siembra en una y otra dirección porque, como todo en la vida, no es posible tomar de las cosas solo una parte de su totalidad.

