Con el fallecimiento de Edward Kennedy, el último de los hermanos de la familia política más influyente de Estados Unidos en un siglo, Estados Unidos pierde a uno de sus más acendrados líderes líberales que por casi cinco décadas defendió en el Senado los derechos fundamentales del pueblo estadounidense y de los inmigrantes.
Edward, el menor del Clan Kennedy, cayó vencido por un tumor cerebral que le fue diagnosticado en mayo de 2008, pero hasta horas antes de su deceso fue soldado irreductible en defensa de los derechos civiles, la salud y la educación.
El presidente Barack Obama ha definido a Kennedy como el más grande senador de nuestro tiempo, porque cada legislación para acentuar derechos o mejorar calidad de vida, tenía la impronta del celebrado legislador por Massachusetts.
Puede decirse que Edward Kennedy sostuvo la antorcha que legaron sus hermanos, el ex presidente John y el ex procurador general Robert, asesinados en medio del oleaje conservador y racista que asoló a la sociedad estadounidense en la década de los sesenta.
El accidente automovilístico en un puente de Chappaquiddick, Massachusetts, que cobró la vida de una joven mujer que lo acompañaba, en 1969, se convertiría en el principal obstáculo que le impidió ganar la nominación presidencial demócrata en 1980.
El destino, sin embargo, le tenía reservada a Ted Kennedy una tarea extraordinaria en el Senado, donde se erigió como el padre de la legislación social en Estados Unidos.
Su poderosa estatura política, enérgica oratoria y capacidad de negociación fueron usadas para promover la aprobación de leyes relacionadas con derechos sociales y civiles, salud infantil, atención a los discapacitados y derechos laborales, así como también para rechazar las guerras de Irak y Afganistán.
Con la muerte de Edward Kennedy, Estados Unidos ha perdido a uno de sus más relevantes líderes del siglo XX, incansable batallador contra el capitalismo salvaje.

