Estrenando un jefe policial se han registrado crímenes conmovedores, lo que podría hacer pensar que se trata de un sabotaje a la nueva gestión. Uno de esos hechos de sangre corresponde a Zuleyca Ponciano Solano, teniente del ejército, de apenas 24 años de edad, asesinada para ser despojada de su pistola.
Acontecimientos de ese tipo indignan a muchos y llevan a sostener la tesis de manos duras contra la delincuencia. Pero, ¿contra cuál delincuencia? Sólo se piensa en los jóvenes rateros de barrios. Es un error. Esos muchachos que delinquen apenas forman, en orden jerárquico, la parte estrecha de una pirámide invertida. Arriba están los jefes y responsables principales.
Pretenden obviar que la criminalidad constituye un componente importante de nuestra economía, que no se limita a simples jóvenes de barrio. Es una actividad lucrativa, a la que no renunciarían oficiales activos y retirados (de alto rango), funcionarios gubernamentales y legisladores. El combate a la delincuencia debía de empezar por los cuellos blancos.
Mientras no se empiece el combate con los poderosos no observo perspectivas de éxito a ningún plan o campaña en contra de la criminalidad. Que se inicie investigando a funcionarios civiles y militares cuyas visas estadounidenses fueron canceladas. Nuestras autoridades no han tenido la molestia de preguntarse: ¿por qué les despojaron de sus visas?
En New York los índices de criminalidad eran superiores a los nuestros y fueron reducidos a su mínima expresión, pero bajo el factor voluntad. Para erradicar nuestra delincuencia se requiere la aplicación de una política de caiga quien caiga, lo que resulta difícil por los compromisos que, muchas veces, conllevan los aportes de campaña.
Nuestras calles pueden estar militarizadas permanentemente y no se resuelve el problema sin irse a las raíces. Si llegan a las raíces –seguro estoy caerían altares. Seguiremos observando crímenes conmovedores, como el de Zuleyca Ponciano. ¡Pobre muchacha!
