No parece justo culpar sólo al jefe golpista de Honduras, por el fracaso del diálogo que sostendrían aquí el presidente Manuel Zelaya y el candidato electo Porfirio Lobo, porque los títeres no manejan los hilos de sus movimientos.
Es verdad que Roberto Micheletti impidió a Zelaya viajar a República Dominicana y que antes rechazó un pedido de salvoconducto hecho por México que acogería al depuesto mandatario como huésped distinguido, pero es claro que ese pichón de dictador obra por mandato de fuerzas muy superiores.
Lo que se pretende es que Zelaya abandone Tegucigalpa, amparado en la figura de asilo político, en condición de prófugo de la justicia y no como legítimo Presidente de Honduras, víctima de un golpe cívico militar.
El boicot de la camarilla golpista hondureña a cualquier vía de solución a la crisis política causada por sus desafueros, coincide con un imprudente informe sobre la situación política de América Latina, emitido por la secretaria de Estado Hillary Clinton.
En ese informe, la secretaria Hillary advierte sobre una supuesta tendencia de presidentes escogidos en elecciones libres a socavar la democracia, entre los cuales citó a Hugo Chávez, de Venezuela, y Daniel Ortega, de Nicaragua.
Hay que suponer que la severa advertencia de la canciller estadounidense incluiría también a los presidentes Luiz Inácio Lula Da Silva, de Brasil; Evo Morales, de Bolivia; Tabaré Vásquez, de Uruguay; Fernando Lugo, de Paraguay; Rafael Correa, de Ecuador; y Mauricio Funes, de El Salvador, quienes por sus etiquetas de izquierdistas o reformadores, deberían tener sus barbas en remojo.
El tal Micheletti no movería ni uno de sus dedos sin contar con un padrinazgo como el que en vez de procurar solución a la crisis hondureña, advierte a otros gobiernos democráticos de la región sobre el peligro de apartarse de una vía previamente diseñada por Washington.
La culpa, pues, no es sólo del títere.

