Cuando observo el caos del tránsito, la falta de educación vial y los insultos que se lanzan entre conductores, me invade la irritación. Y cuando veo a personas haciendo sus necesidades en plena calle, sin el menor pudor, uno comprende que la crisis va mucho más allá de la infraestructura: es una crisis de modales, de formación y de respeto básico por el otro.
Creo que uno de los grandes problemas de nuestra sociedad reside precisamente en la educación —no solo la académica, sino la del comportamiento cotidiano, la del límite interior, la del autocontrol.
En medio de este “destape” social, vuelvo a un autor del siglo XVII que sigue siendo sorprendentemente actual: Baltasar Gracián, jesuita y escritor español nacido en 1601.
Su obra El arte de la prudencia, traducida al español moderno por el filólogo Mario Suárez Marill a solicitud de don Gustavo Tavares y difundida en el país por EDUCA, es una colección de aforismos que parecen escritos para nuestra época.
Uno de ellos dice:
“El que triunfa no tiene que estar dando muchas explicaciones. A la mayoría no le interesan los detalles de cómo logró el éxito, sino los resultados.”
Me recuerda una frase muy repetida por el inolvidable Yaqui Núñez: “Los derrotados del éxito ajeno son un gran ejército.”
Gracián también advertía:
“No hay mayor discreción que no darse por enterado.”
En la psiquiatría, en la religión y en la política, esta conducta suele ser una herramienta de equilibrio.
Otro aforismo afirma:
“Al hombre sabio le son más útiles sus enemigos que al necio sus amigos.”
A muchos líderes, sus adversarios les terminaron construyendo la grandeza.
Y este resulta particularmente vigente:
“Gobernar es, en gran parte, no darse por enterado.”
Dejar pasar ciertas cosas, no engancharse en cada provocación, es parte del arte de dirigir personas y procesos.
Gracián también escribió:
“Gran habilidad supone poder depositar confianza en quien podría haber sido un rival, y hacerlo defensor en lugar de enemigo.”
No es Maquiavelo, es Gracián. Y en nuestro país conocimos a un presidente que tuvo esa destreza: convertir adversarios en aliados.
Otra sentencia, dura pero realista, señala:
“Cree mucho quien nunca miente y es muy confiado el que nunca engaña.”
En el lenguaje popular, a los honestos muchas veces los toman por ingenuos.
Y una más, imprescindible en tiempos de polarización:
“Aun teniendo la razón hay que saber ceder: la gente reconoce dónde está la razón y admira la hidalguía.”
Hoy, la principal fuerza opositora del país lleva más de un año atrapada en una crisis de comunicación, de egos, de intereses y de falta de pragmatismo. Sin embargo, la gente común —el “estadio”, como en el boxeo— suele ver con mayor claridad que los propios contendores dónde están las debilidades y las verdaderas causas del conflicto.
La sociedad entiende lo que significa hidalguía: humildad, capacidad de reconocer errores y límite a las ambiciones personales. Muchos matrimonios se han salvado gracias a que uno de los dos supo ceder. ¿Por qué en la política resulta tan difícil?
Los grandes líderes de la historia no hicieron del chisme ni del rencor su bandera. Muchos, incluso en medio de guerras mundiales, supieron admitir errores, pedir disculpas y reconciliarse con antiguos enemigos.
Por eso, más que gritar, insultar o dividir, quizá convendría hacer una pausa. Dejar a un lado por un momento los estatutos, las intrigas y las vanidades, y abrir de nuevo El arte de la prudencia de Baltasar Gracián.
Tal vez allí encontremos algo que hoy parece escaso: sensatez.

