En muchas circunstancias, las casualidades, nos imponen tareas difíciles a los seres humanos.
Debo hacer pública la vivencia por la que pasé recientemente y que creo no le ha pasado a nadie más.
Hace escasos siete días, a las cinco y 50 minutos de la mañana, mientras caminaba en el Jardín Botánico, un escalofrío espantoso se apoderó de todo mi cuerpo y una persona desconocida se acercó y me pidió que no me inquietara.
Yo, que soy en extremo miedoso, temblaba porque el desconocido tenía un físico tétrico, tenía puesto un traje rojo muy raído por el tiempo, acompañado por un sombrero parecido al que usaba Tres Patines y calzaba unos zapatos de dos tonos. Me comunicó que estaba junto a mí porque tenía el encargo de transferirme el don de resucitar a cuantas personas yo deseara.
En su explicación, esa tarea debía hacerla en dos partes. Según el enviado, mi primer compromiso tenía que abarcar a hombres y mujeres que no fueran familiares míos y que se hayan ido “al más allá” en las décadas de los 60 hasta el año 2017. La segunda fase consistía en que a esos “revividos” tenían la obligación de asignarles funciones en los tres poderes del Estado.
Con una voz medio ronca y apagada, me dio cinco minutos para hacer mi lista, observando que mis escogidos tenían que ser personas honestas y transparentes.
De igual modo, debían profesar un inmenso amor por la humanidad, gran desprendimiento por los bienes materiales y una extraordinaria vocación de sacrificio por los demás.

