La virtual quiebra o cesación de pagos de varias empresas públicas de los Emiratos Arabes ha colocado a las principales economías del mundo en estado de alerta ante un nuevo huracán financiero que recrudecería la dilatada crisis económica global.
El ciclón se ha formado en Dubai, un desértico territorio, donde firmas estatales y privadas emprendieron fantásticos proyectos de construcción de islas artificiales y ciudades en el Golfo Pérsico, Pakistán y Africa y diseñaron el mayor centro financiero en esa región, principal exportadora de petróleo del mundo.
Los principales bancos y centros bursátiles de Estados Unidos y Japón ayudaron a financiar esos proyectos con miles de millones de dólares, atraídos por la promesa de inversionistas árabes de que se construía un estilo de vida libre de impuestos.
Dubai World figura a la cabeza de un pool de empresas de Los Emiratos que han advertido sobre la imposibilidad de redimir unos 80 mil millones de dólares en créditos vencidos para el mes de diciembre, lo que ha caído como bomba en el centro de Manhattan y en las bolsas de valores de Londres y Tokío.
El impago de esa deuda causaría pérdidas cuantiosas a los debilitados bancos estadounidenses, europeos y asiáticos y mayor pérdida de terreno en los centros bursátiles, lo que lógicamente frenaría la recuperación de la economía mundial.
En la sociedad de hoy, abierta y global, casos como el crack financiero de Dubai, surten efecto de huracán o terremoto en economías grandes y pequeñas.
Es por eso que se reclama del Gobierno y sector productivo no jugar a la ruleta rusa con la deuda externa, sobre todo cuando se trata de créditos consignados para proyectos aventureros o fantasiosos.
El fin de año puede convertirse en diciembre negro para la economía mundial, si el emirato de Dubai no logra solventar los más de 80 mil millones de dólares en deuda vencida. Esos polvos del desierto avizoran tempestades mayores. Ojalá que aquí se asimile la nueva experiencia.
